Cómo evitar que la furia haga perder el control

El cine lo reflejó inmejorablemente en “Un día de furia” (“Falling Down”, 1993) con el personaje de Michael Douglas, un empleado de una importante firma de defensa que, sometido a una serie de contratiempos de la vida cotidiana, termina empuñando un arma y se convierte en unas horas en prófugo de la Justicia. No es necesario ir tan lejos para saber qué es un estallido de ira, ese in crescendo interno que desemboca en un abrupto desborde de la emoción que convierte a la persona más racional en el increíble Hulk, en segundos. ¿Qué tiene que ocurrir para que se venga abajo el dique que normalmente contiene los impulsos? O, más precisamente, ¿por qué puede haberse acumulado semejante nivel de agua?

La psicóloga Graciela Díaz Lima, coordinadora del taller “Emociones a flor de piel” del Hospital Tornú, dice que los estallidos frecuentes indican que la persona está sobrecargada y que, en lugar de ir expresando las emociones a medida que van sucediendo los hechos, las calla. “En estos casos parece que estuviera cortada la conexión interna con las propias emociones, con los mensajes que nos va dando el cuerpo. El nudo en la panza, la opresión en el pecho, las palpitaciones son señales claras de que hay una emoción reprimida. Por tanto, si logro contactarme con esos pensamientos a medida que se van dando -asegura- podré canalizarlos a tiempo y evitar que me desborden”.

Díaz Lima, quien además es coordinadora general del Programa de Talleres gratuitos del Hospital Tornú (talleresdeltornu@yahoo.com.ar), explica que “las emociones básicas -la alegría, el enojo, la tristeza y el miedo- son nuestro censor más primitivo, el más sabio y más intuitivo. Si no les damos curso en su momento, se acumulan y tienen efectos negativos: si acumulo tristeza se va a convertir en depresión; si acumulo enojo, se convierte en resentimiento; si acumulo miedo, se va a convertir en inseguridad.”

El prejuicio hormonal

La ira en varones y mujeres presenta diferencias. Solemos pensar que están directamente relacionadas con el impacto de las hormonas como, por ejemplo, el período premenstrual en las mujeres.

Sin embargo, la doctora en psicología clínica y psicoanalista Mabel Burin, especialista en género y salud mental y autora, entre otros libros, de “El malestar en las mujeres: la tranquilidad recetada”, lo descarta categóricamente. En primer lugar porque sería un reduccionismo y, en segundo lugar porque, de haber un problema hormonal, las mujeres no llegarían al estallido de furia sino todo lo contrario.

“En los varones, el aumento de la testosterona -hormona típicamente masculina-, los volvería más agresivos, mientras que cuando aumenta la hormona oxitocina en las mujeres es frecuente que se pongan tristes, o contentas, que tengan reacciones de empatía y busquen el contacto con los otros.”

Razones para estallar

La causa, según la psicoanalista Burin, habría que buscarla más en el enorme impacto que tiene la educación temprana sobre el carácter de las personas. “De las mujeres se espera que seamos más expresivas emocionalmente, que demostremos nuestros afectos de una manera más expansiva. De los varones se espera una mayor reserva y una menor demostración de sentimientos. Por eso, cuando un varón es muy cariñoso -explica Burin- llama la atención por ser aparentemente más femenino en sus demostraciones mientras que, cuando una mujer no es muy demostrativa, se la considera poco femenina.”

Si bien estas diferencias fueron disminuyendo, sobre todo en las generaciones más jóvenes gracias a los cambios sociales producidos por la irrupción de la mujer en el mundo de la educación y el trabajo, todavía persiste en las mujeres esa propensión a no saber decir que no, a no poner límites. Según Burin, esto está directamente relacionado con el sentimiento de culpa: “A las mujeres no siempre nos resulta fácil decir que no a tiempo, cuando debemos enfrentar conductas abusivas, tanto si vienen de varones como de las mismas mujeres ubicadas en situaciones de poder, como en el caso de madres e hijas o de jefas y empleadas. Y, por lo general, esa falta de límite a tiempo está en la base de los estallidos de enojo o de furia”.

“Por el contrario, cuando las mujeres reconocen que tienen derecho a poner límites, a cuidarse, a preservarse de los malos tratos y van adquiriendo la capacidad de la palabra precisa en lugar del exabrupto, esos estallidos emocionales disminuyen”, concluye.

Aprendiendo a negociar

La escritora francesa Marguerite Duras -autora de “El amante” y guionista de “Hiroshima Mon Amour”- aludió a esta dificultad femenina para registrar y defender la propia conveniencia con una frase sabia. Dijo: “Ese estar en falta de las mujeres consigo mismas, ejercido por ellas mismas, siempre me ha parecido un error”.

La psicóloga Clara Coria ahonda en el corazón de esta dificultad. Señala que para resolver las diferencias que la vida nos presenta todo el tiempo hay tres caminos: imponer, ceder o negociar. Para avanzar en esta última alternativa -la mejor pero no la más fácil para las mujeres-, hay que lograr atravesar un camino de cuatro pasos:

1. Conectarse con los deseos propios y reconocer los intereses personales. Para esto hay que aprender que defender la propia conveniencia no es algo malo sino un derecho digno de cualquier ser humano. Que esto no implica ser ambiciosa, egoísta, fría o calculadora, calificativos que revisten históricamente un sentido lapidario cuando se trata de mujeres.

2. Situación de paridad. Para poder negociar son precisas dos cosas: tener recursos y esperar la oportunidad. Ser consciente de las limitaciones permitirá concentrar las energías en buscar estrategias adecuadas para compensarlas.

3. Proponerse un objetivo y sostenerlo. Muchas mujeres tienden a exigir “justicia” durante una negociación como una forma inconsciente de lograr que “desde afuera” les legitimen y legalicen las necesidades e intereses personales que su propia subjetividad no ha legitimado ni legalizado. De haberlo hecho, no necesitarían pedir justicia. Se limitarían a defender sus derechos.

4. Ser capaz de emitir un “no” y tolerar recibirlo. Hay que saber que participar de una negociación es estar dispuesta a decir “no” tantas veces como sea necesario. Y uno de los requisitos es poder pronunciarlo con naturalidad, algo que, entre las mujeres, presenta dificultades porque el “no” suele ser vivido como maldad, violencia o desamor. Clara Coria recuerda, en este punto, que cada “no” omitido por temor a la violencia contra otro se convierte en una violencia contra uno mismo.

 

Escrito por Claudia Selser – Publicado en suplemento mujer C L A R I N 11/11/11

Foto: Getty

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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