Cambio de hábitos: Jaque a la cultura del desperdicio

embotellamiento-china_323x216Desde distintos sectores, incluido el papa Francisco, llaman a tener una mayor responsabilidad. En un mundo con 842 millones de personas con hambre, se tira el 30% de comida y hay objetos valuados en 533.000 millones de dólares sin usar.

Un viaje siempre puede dar sorpresas. Y si lo hace una impresora a cartucho más. En uno de los laboratorios del prestigioso Instituto de Tecnología de Massachusetts decidieron ponerles chips a 3.000 objetos arrojados a la basura y al seguir la pista de la impresora detectaron que atravesó 6.500 kilómetros una vez que fue desechada. El “trip del reciclado” había generado más contaminación que lo que se logró ahorrar al reutilizarla. El experimento fue parte de una de las iniciativas que quieren dictaminar la muerte de la cultura del desperdicio y que señalan que una nueva revolución industrial, basada en una economía colaborativa, ya comenzó.
Datos no les falta para avanzar en la postura. En el planeta se estima que hay objetos valuados en 533.000 millones de dólares que no se usan. Como si esto fuera poco, según la ONU, el 30% de los alimentos del mundo se tiran y podrían alimentar a millones de personas con hambre; los autos particulares pasan el 95% del tiempo sin ser usados y un conductor británico puede usar 2.549 horas de su vida buscando dónde estacionar. ¿Se puede aceptar tanto desperdicio en un mundo con carencias?, se preguntan.
El papa Francisco es uno de los que convoca a cambiar los tiempos.
En la Jornada de 2013 del organismo de Naciones Unidas que se ocupa de la alimentación al referirse a la necesidad de combatir la falta de alimentos, pidió tomar “el compromiso contra la cultura del desperdicio” y reemplazarla por una de la “solidaridad y del encuentro”. La referencia estaba focalizada en los alimentos que se tiran: tan sólo los porteños arrojan 30 kilos de comida por año y la tendencia no es sólo en Buenos Aires sino a nivel mundial.
Desde otro campo, el ingeniero Pablo Bereciartúa, director de la Escuela de Economía y Gestión del ITBA, cree que la Cuarta Revolución Industrial –la 4.0- ya está en marcha. “En 1960 se empezaron a prender las alarmas por el no respeto de la naturaleza. Antes se generaba riquezas sin considerar el impacto. Pero algo empezó a cambiar y ahora es el tiempo de despegue. En el mundo crecen energías renovables. Los métodos de producción limpia. Esta es una etapa donde se ve la oportunidad para el cambio”, asegura.
Para Bereciartúa son cinco los vectores de esta transformación:
inteligencia, colaboración, bioeconomía, descentralización y valores.
“Combinados, permiten pensar en una etapa de industrialización más inteligente y amigable» con el hábitat, distribuida en las diferentes regiones y en sintonía con otros estilos de vida.»Esta revolución industrial demostrará que hay cosas que pueden efectuarse en forma distinta. Aparecerán nuevos trabajos y oportunidades», vaticina.
Uno de los gurúes que dan letra a este movimiento es el economista estadounidense Jeremy Rifkin. El autor de° EI fin del trabajo»en su nuevo libro «La sociedad de coste margirial cero»explica que la economía colaborativa a mediano plazo disolverá el actual escenario de incertidumbre. En el nuevo orden la tecnología se pondrá a disposición de la economía, los ciudadanos se transformarán en “prosumidores” -la unión entre productores y consumidores – y se multiplicarán las energías renovables que dejarán atrás las disputas en torno al petróleo.
El cambio de comportamiento tiene varios componentes. Hasta hace poco se hablaba de la regla
de las «3R» para impulsar la disminución de basura. A esos tres pasos ahora se le agrega dos más.
La fórmula actual es: reducir, reutilizar, reciclar, recuperar y reparar.
A la tendencia a aplicar las»5R»se une el consumo colaborativo darle a otro aquello que necesita, intercambiarlo, compartirlo o alquilarlo. En la base está la idea de que la gente no debe quedar cristalizada sólo pensando en la posibilidad de reciclar como única salida sino comprender que existe otra manera de producir y de consumir de una forma responsable o consciente.
Pablo Sierra, economista y especialista en temas de innovación del Programa San Martín Innovación, del Municipio de Gral San Martin, apunta a que el gran obstáculo al cambio es el concepto de la obsolescencia programada aplicado a la producción masiva.
«Después de Depresión del ’30, cuando las economías del mundo desarrollado conocieron tasas de desempleo superiores al 25% y caídas de Ia inversión y del consumo del 50%, se fortaleció la idea de programar la obsolescencia de los productos para estimular la producción, el consumo y evitar la caída del empleo. Así se diseñaron productos que duran menos e incluso con fecha de caducidad», explica.
«El problema de este crecimiento ilimitado del consumo, entre otros, es el carácter finito del planeta. La contrapartida de la expansión descontrolada del consumo fue la degradación ambientar’. Sierra sostiene que la economía tardó décadas hasta entender que los negocios no son independientes de la sustentabilidad y del cuidado de la Tierra. Hoy una de las tendencias en la producción es el reciclado y la fabricación de productos biodegradables. En el futuro el costo de los daños ambientales y el reciclado de los productos se incorporarán a los costos de las empresas, advierte.
La economía colaborativa -que propone compartir bienes y servicios en lugar de poseerlos -está en la base de este movimiento. El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) está investigando la tendencia en alza. Calcula que este negocio basado en el uso de las nuevas tecnolo´gias ya mueve 26.000 millones de dólares con un potencial de 110.000 millones de dólares. La revista Forbes estima que en la web este modelo de negocios tiene un volumen de 3.500 millones de dólares. Muchos suponen que es una respuesta a la falta de equidad y la posibilidad de darle a más gente acceso, pero otros critican que esta forma de hacer negocios es simplemente una cáscara que es utilizada por grandes corporaciones para redirigir sus actividades. Uno de los ejemplos más exitosos de colaboración es thredUP (www.thredup.com), donde se compra ropa usada.
De la mano de estas transformaciones también vienen el aprovechamiento de los recursos humanos y la no dispersión de los conocimientos. Un fenómeno que fue bautizado como “cultura maker” o del hacedor, que significa que las innovaciones tecnológicas ya no son creadas exclusivamente por grandes fabricantes y compañías multinacionales. Cada persona puede contar con las herramientas y las posibilidades para crear sus propios productos en grupo, preferentemente, compartiendo ideas, conocimientos y objetivos, sin grandes inversiones. El gran ejemplo fue la impresora 3D. El modelo es la plataforma de cocreación llamada Quirky (www.quirky.com), que une creadores e inventores de diversas partes del mundo. A través de estos portales para aprender e intercambiar ideas y casos. Porque compartir como forma de ahorrar y potenciar va más allá de los proyectos como encontrar y unir personas en el auto -Carpool o Carpooling- que en Europa conecta gente de 40 países y en Argentina tiene diez sitios web. Lo más interesante, sin dudas, se da en el universo digital cuando se trata de potenciar proyectos. Un ejemplo es Ouishare, iniciada en París en 2012. Está en 25 países, cuenta con 50 expertos y 2.000 socios a quienes explicar proyectos y recibir apoyo para ponerlos en marcha.
Escrito por Teresa Morresi
Publicado en C L A R I N 30-11-2014

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