Burn out: Desgaste por empatía. Trastorno de Stress Post-Traumático

¿El proyecto laboral es el proyecto de vida? ¿Vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? ¿El trabajo es salud?

Habla de tu aldea y hablarás del mundo…

En este texto me propongo abordar aspectos que hacen al malestar en el ámbito del trabajo y alternativas que nos permitan afrontarlo. Para ello voy a apoyarme en algunos recorridos y experiencias de mi propia vida laboral como así también en la de algunos compañeros de ruta.

¿Cómo fui percibiendo los matices de estas situaciones?

¿Cuáles fueron los indicios que me hicieron mella y sembraron interrogantes?

¿Cuándo descubrimos la posibilidad de crear ámbitos para lograr que el trabajo nos enriquezca y nos lleve a mejorar la calidad de vida tanto de los otros como la propia?

¿Dónde ampliar nuestros horizontes en vez de restringirlos?

Mi primer trabajo profesional fue como maestro de escuela. Al iniciarme en la tarea estaba convencido que era lo mejor que me podría pasar en la vida. Las primeras suplencias me llevaron a recorrer diversas escuelas, en ellas me encontraba con unos personajes particulares: las secretarias. En general eran maestras que habían decidido no ejercer nunca más frente al grado. Me pregunté: “¿Cómo puede ser que una persona, después de determinado tiempo, llegue a rechazar este rol?” Así descubrí que la mayor parte de las secretarias de las escuelas públicas estaban trabajando en lo que se denominaba “tareas pasivas”. ¿Y qué quiere decir “tareas pasivas”?: lisa y llanamente, no estar en el aula.

Conversando con ellas descubrí que en su mayoría habían empezado su carrera como maestras trabajando desde el entusiasmo, desde ilusiones iguales a las que teníamos mis compañeros y yo cuando terminamos quinto año y cantábamos en el obelisco: “¡La niñez argentina quiere un maestro varón!”. También nosotros en el camino nos íbamos a dar cuenta de que por más buena voluntad que tuviéramos, nuestra capacidad de acción se iba a ver limitada.

Hoy sabemos que uno de los factores de riesgo remite a la subjetividad de cada profesional o sea que depende de los propios ideales en relación a la tarea. Las investigaciones que rastrean las características de las personas más propensas a ser afectadas señalan la amplitud y aun el exceso de aspiraciones en lo que se refiere al cumplimiento exitoso de la tarea a pesar de la adversidad de las situaciones en las que se actúa. Así cobran relevancia, a la par de las expectativas de cada uno, la situación de contexto tanto sociopolítica y económica como cultural.

Otra de las sorpresas con que nos encontramos fueron los paros docentes. Durante nuestra formación nos habían hablado del importante rol que los docentes teníamos en la sociedad y el reconocimiento que éste recibía.

Ahora nos encontrábamos inmersos en la lucha por nuestros derechos como trabajadores.

Así entramos de lleno en la problemática de la modificación de las pautas propias de la actividad debido a disminución de salarios, cesación de contratos, despidos explícitos e implícitos, en síntesis: la incertidumbre y la inseguridad.

Tanto la incertidumbre como la inseguridad propias son también las del contexto, constituyen variables presentes en la cotidianeidad y ejercen un potencial destructor que enhebra a maestros, alumnos, padres, médicos, pacientes, enfermeras, abogados, asistentes sociales, etc. Así cada profesional y las personas por él acompañadas/atendidas/tratadas quedan en un mismo circuito de pérdidas y sufrimientos que probablemente sobrepasen las capacidades de procesamiento espontáneo de cada uno.

Queda materializada una distancia en el encuentro entre el maestro y el alumno, entre el médico y el paciente; la que muchas veces es una reacción a la sobre-implicación y a la falta de canales adecuados para procesar los aspectos del vínculo que lo requieran.

Surge entonces una tensión permanente en aquellas personas que están en su día a día expuestos de manera crónica y aguda a situaciones traumaticas, en contacto continuo con la congoja, el dolor y la pérdida – Esta tensión hoy es llamada “trauma vicario”

La escucha de las narraciones de las personas que padecen suele producir un efecto inesperado: lo que describen funciona como un impacto desmedido en el sistema de procesamiento de quien escucha, debido por lo general a la gravedad del relato y a la reiteración de los mismos.

El profesional necesita procesar dichas narraciones pero podríamos pensar que se tilda el sistema. Entonces es posible que surjan en el profesional sentimientos ambivalentes que le resulten ajenos a su manera de sentir y se generen ciertos niveles de disociación.

Podemos decir entonces que trabajar en vínculos estrechos con otros que nos convocan por diversos niveles de padecimiento tiene consecuencias.

Considero fundamental que podamos reconocer este aspecto del problema que implica el vinculo que cada profesional establece con quienes lo consultan en el contexto institucional, social, económico, político y cultural en el que se desempeña, percibiendo la dimensión que cobra, permitiendo visibilizarlo, ponerle diversos nombres y caracterizarlo de acuerdo a las fases de su desarrollo: desgaste por empatía, burn out, trastorno de estrés post traumático.

Cuando nuestro trabajo implica la construcción de vínculos estrechos con quienes nos convocan desde sus diversos niveles de padecimiento, se torna en un área que requiere de cuidados y también del amparo que nos brinde tanto la institución como el contexto en los que estamos insertos: como así también tomar en cuenta la relación entre nuestros ideales como profesionales y nuestra capacidad de cuidarnos a nosotros mismos.

¿Qué hacen los deportistas en su trabajo? La mayoría de nosotros tenemos conciencia de que, además de haberse capacitado, entrenan cotidianamente, se preparan física y nutricionalmente. Antes de una competencia se concentran como parte de su preparación.

Así es que nos parece normal que un jugador de pelota, un deportista y un artista requieran de un entrenamiento permanente y un cuidado especial antes de sus presentaciones.
Me pregunto entonces… ¿Cuál es el entrenamiento que requiere nuestro trabajo? ¿Quién se encarga de nuestra formación permanente? ¿Cuál es nuestra rutina de ejercicios cotidianos para no lesionarnos en la cancha?

Estas lesiones -patologías tienen que ver con el agotamiento espiritual, emocional, y físico – que aparece en la vida de ciertos profesionales ocasionan una declinación en su capacidad para experimentar satisfacción y/o para cuidar de otros.

Quienes se abocan al cuidado de otros comprometiendo su compasión durante un período de tiempo pero son incapaces de crear una perspectiva suficiente para tranquilizarse a sí mismos, tienden a deteriorar su calidad de vida aumentando las patologías psiquiátricas y desarrollando enfermedades somáticas.

El proceso puede tomar desde semanas hasta años antes de manifestarse. En cualquier caso podemos reconocer una secuencia de tres momentos:

1. Seducción por la puesta en marcha de la profesión elegida, por el camino hacia el logro de sus metas.

2. Con el pasar del tiempo comienza a adaptarse a las posibilidades que le ofrece el medio en detrimento de sus ilusiones, empobreciéndose y dando espacio al surgimiento de síntomas, tanto físicos como psíquicos. Va perdiendo su entusiasmo inicial y encontrándose con el tedio en el desempeño de su rol. Es el comienzo de la llamada “fatiga profesional”

3. En el tercer momento las defensas colapsan y la enfermedad se instala, entonces las personas aceptan las frustraciones desde la resignación y el malestar como parte de lo cotidiano. Suelen retraerse o estar malhumorados casi todo su tiempo laboral. Pierden la capacidad de sentir empatía por otro, degrasdando su posibilidad de sentir y de cuidar.

Otros síntomas que ponen evidencia el “burn out” suelen ser: la creciente dificultad para la toma de decisiones, la merma en la creatividad y en la búsqueda de nuevos recursos, mayores esfuerzos para lograr concentración y un aumento significativo de las situaciones de olvido. Estas situaciones suelen generar sentimientos de perplejidad, irritación, enojos, sensación de impotencia, llegando a aborrecer la actividad laboral. Llegamos justamente al quiebre de la vocación, de la identidad profesional que es lo que consideramos quemada.

Reconocemos también la presencia de diversos factores que suman a la instalación del burn out: instituciones que imponen altas sobrecargas de tarea, entornos desfavorables, horarios excesivos, falta de reconocimiento, o peor aún, excesos en las críticas de los superiores jerárquicos y de los pares. Esta sumatoria pone en riesgo tanto la integridad como el desempeño de las personas.

Reconocida la necesidad de una instancia de cuidado, hemos llegado a la pregunta por el “cómo”

¿Cómo trabajar para mejorar la calidad de vida?

¿Cómo instalar este trabajo entre nosotros?

Hace algunos años participe en el Hospital Pirovano junto a un grupo de colegas. Con este equipo estábamos realizando un programa de “Saneamiento del rol profesional, supervisión y formación permanente”, programa que venía teniendo poca repercusión entre los médicos en general, incluso era rechazado por algunos.

Al mismo tiempo que observábamos que comenzaban a visibilizarse situaciones indeseadas – alcoholismo, agresión y autoagresión – la gremial médica se contactó con nosotros: ¿Qué es lo que están haciendo Uds.? ¿Podríamos implementar algo para el hospital en general en lugar de trabajar desde un rincón para los pocos que saben del programa? Ante los hechos consumados, aparecía la necesidad de dar respuesta al desgaste de los profesionales…

Este tipo de situaciones tienen lugar cuando la atención llega tarde y se produce el pasaje al acto: alcoholismo, tabaquismo, situaciones extremas de violencia, maltrato dentro de la familia, e inclusive situaciones de atentar contra uno mismo, a veces explícitas, y a veces implícitas bajo la forma de accidentes.

Nos encontramos entonces en una situación más complicada que el burn out, estamos francamente ante un cuadro de estrés post-traumático , generado desde la exposición permanente al dolor y el padecimiento vivido y relatado por otros, que agravado por las circunstancias poco favorables institucionales nos coloca en la situación de trauma “vicariante” ya mencionado.

En este momento el tipo de abordaje sería distinto, ya no estaríamos en un plano preventivo, sino que ahí tendríamos que plantearnos un tratamiento focalizando en el profesional. En esta instancia, en estos niveles en los que el estrés post-traumático ya está instalado, consideramos que el trabajo más eficaz a realizar es a partir de la implementación de técnicas como el EMDR.

Volviendo a la idea de este artículo, enfocada al momento previo de ese estadío del cuadro declarado: el momento de prevención, me interesa hablar de nuestra manera de abordar la problemática a partir de los grupos de “saneamiento del rol profesional”.

Estos grupos nacieron con la idea de poder tomar en cuenta lo que vamos viviendo como profesionales en el ejercicio del rol, en circunstancias cotidianas de trabajo, poder compartir con otros profesionales lo que nos van sucediendo y lograr que los obstáculos con los que nos vamos encontrando dispongan de un espacio para ser trabajados y procesados.

Estoy hablando de las situaciones donde nos sentimos incómodos, trabados, esas situaciones que cada uno de nosotros podemos reconocer y tener presentes, ya sea porque no nos dejan dormir, o porque son las que aparecen en nuestros pensamientos cuando vamos yendo de acá para allá, que se nos tornan problemáticas y para las que en la mayoría de los casos no tenemos ámbitos pensados o validados para poder afrontarlas.

La propuesta es contar con un espacio grupal donde reconocer este tipo de situaciones, y poder abordarlas con otros, de forma tal que a través de un trabajo dramático podamos lograr que esto que aparecía como un obstáculo comience a ser capitalizado para trabajar con otros produciendo un aprendizaje que nos permita salir nutridos y con nuevas herramientas para el desempeño del rol.

En mi práctica profesional y en el trabajo con otros me ha resultado muy útil la implementación de trabajos grupales con la aplicación de psicodrama, desde una perspectiva lúdica y en la dirección de considerar nuestro quehacer en el marco de la formación permanente, la supervisión y el saneamiento del rol profesional.
Pienso la importancia de lo lúdico y el humor retomando conceptos de Winicott que nos mostraba como los chicos que no juegan al no tener oportunidad de elaborar y procesar las experiencias de su vida enfermaban.

Algo parecido sucede con nosotros cuando no nos damos la oportunidad de jugar.

Respecto de la dimensión grupal cabe hacer algunas puntuaciones: juntar personas a trabajar sobre un tema en común que los convoca no necesariamente es un dispositivo que garantice el éxito del encuentro. Es fundamental el dispositivo que implemente el coordinador de acuerdo a cada situación.
En épocas como la actual donde el individualismo se ha incrementado en niveles inimaginables, reunir gente puede generar una circunstancia donde todos se sientan amenazados y no se visibilice la interdependencia ni la solidaridad.

El psicodrama como concepción de lo grupal tiene la virtud de integrar lo corporal, la acción, lo emocional y la palabra. Niveles de abordaje que a mi juicio son imprescindibles de tener en cuenta simultáneamente para un procesamiento y elaboración de este tipo de situaciones que repercuten nocivamente en la articulación rol profesional / persona.

Recordemos que cuando se habla del proceso de burn out, del quemarse, lo que se quema es la vocación, la identidad profesional pero este proceso repercute en todas las áreas del desempeño de la persona.

Durante mi época de maestro nos reuníamos los sábados con el resto de los docentes con la excusa de jugar a la pelota, pero además de eso compartíamos lo que nos estaba pasando con nuestros respectivos cursos, cómo nos sentíamos frente a los alumnos y sus circunstancias, etc. Significaba compartir entre pares lo que nos estaba pasando, poder conversarlo y sentirnos acompañados, darnos cuenta de que lo que nos pasaba no eran cuestiones individuales, sino cosas que nos ocurrían a todos.

Ese fue el momento donde nació la conciencia de que poder compartir entre pares, a nivel profesional, acerca de los devenires en el marco de las tareas que cada uno realiza permite acceder justamente a un saneamiento del rol profesional: curarnos en salud y poder conservar ese entusiasmo, esas ganas desde las que nos volcamos a realizar nuestra actividad.

La elaboración y procesamiento de las situaciones que nos dañan en el desempeño de nuestro rol laboral requieren un abordaje en un clima de seguridad psicológica, contención y confianza que permita abrir simultáneamente todos los candados de las diversas compuertas en que hemos confinado lo que se ha constituido en el dolor, la ofensa, y la vergüenza que dicha circunstancia conlleva para nosotros mismos. Para ello necesitamos abordar las situaciones simultáneamente desde todos los niveles de inscripción logrando producir un efecto de elaboración y procesamiento holístico.

Afrontar el impacto de un suceso traumático en un aspecto parcial fomenta la disociación, como tan claramente describía aquel chiste “me sigo orinando
pero ahora no me importa”. La idea es tener en cuenta el impacto que cada hecho tiene para cada persona en todas las áreas: corporal, emocional, cognitiva y relacional.

A partir de estos desarrollos me atrevo a considerar que cuando una persona pasa por una experiencia traumática, de cualquier calibre, a partir de la cual comienza a padecer dolor psíquico, pudiendo ser éste reconocido o no, el impacto por ese hecho traumático aparece en todas las áreas de su existencia: corporal, emocional, cognitivo y relacional.

Para poder hacer un tránsito eficaz de procesamiento y desensibilización, mirar el mundo de posibilidades que es el futuro sin que el pasado actúe como cristal turbio; concebir cada obstáculo como una nueva oportunidad, habilitar el contacto con sus emociones y con la creatividad , experimentar la satisfacción de apostar a los proyectos propios, retomar el contacto con los deseos, salir del aislamiento incorporando a los otros como aliados, descubrir la propia potencialidad, sostener y/o recuperar la alegría y la esperanza en las tareas cotidianas para posicionarnos como arquitectos de nuestro futuro, considero que se hace necesario abordar el trabajo en forma simultánea en todas estas dimensiones: corporal, emocional, cognitivo y relacional.

Lic. Guillermo A. Vilaseca

Si te interesa este artículo también puede interesarte:

Comentarios en Facebook

comments

Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

Un comentario sobre “Burn out: Desgaste por empatía. Trastorno de Stress Post-Traumático

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *