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En el vínculo con los adolescentes es importante aprender la diferencia entre controlar y cuidar.

imagenMiguel Espeche, experto en el trabajo con grupos, nos comenta algunas ideas al respecto.

Cuando los padres y madres hablan entre sí en una reunión destinada a compartir respecto de su rol, la primera tendencia es a descargar la angustia hablando de “ellos”, los hijos, como si fueran extraterrestres: seres que tienen una idiosincrasia incomprensible, lejana, sospechosa. Se habla de “lo que pasa” con “los jóvenes” en un contexto que parece más un análisis sociológico que otra cosa, con la angustia concomitante ante tantos datos y relatos negativos sobre la situación actual.
Solamente después de un rato de intercambio, en el discurso de sus padres esos hijos empiezan a tener nombre, rostro, texturas. Ahí los padres se tranquilizan un poco: sus hijos no son una estadística alarmista y su conciencia no fue “abducida” por una nave espacial llamada “adolescencia”. Aún con los cambios superlativos que esa edad tiene, siguen siendo los hijos de siempre, recobrando su dimensión humana, aun con los conflictos (a veces duros) a cuestas. Ahí, cuando el hijo recobra una dimensión más humana, la cosa cambia. Es así porque un problema que se vive como inabordable desde lo “sociológico” logra una dimensión asimilable para un padre o una madre que, en el día a día, hace lo suyo desde el amor. Se nota que les hace bien a esos padres intercambiar la experiencia desde el sentir más que desde el teorizar, e ir atisbando no solamente sus yerros y zozobras, sino viendo qué recursos tienen para ir llevando, legítimamente, el timón de la nave.
En el acompañamiento emotivo entre ellos, el miedo se diluye, y la conciencia se va ampliando como para tomar las mejores decisiones. Temas de autoridad, límites, recursos para vérselas con caprichos o berrinches sin claudicar, van apareciendo a la luz de la conversación. Salen así del rol de culposos impotentes o miedosos ante la nueva realidad de los hijos, para verse como lo que son: responsables y con capacidad de generar y ejercer sus recursos para marcar referencia esencial en esos hijos que, aunque no lo parezca, les piden presencia.
Apuntar a que se cumplan las leyes para proteger a los chicos (y los grandes) es solamente una parte de la cuestión. También es encontrar momentos de comunión con los hijos, interesarse por su mundo pero no para sólo vigilar que no estén haciendo algo malo, sino porque realmente interesa saber qué cosas les gustan, conmueven y divierten, sin esa clásica letanía criticona que, por otra parte, es réplica de la que en su propia adolescencia escuchaban.
No siempre se puede alejar los peligros que viven los chicos, pero sí se les puede generar anticuerpos, sobre todo, desde lo emocional. Algo de eso vislumbran los padres cuando arriban a conclusiones útiles para sus vidas. Sin miedo, pero despiertos. Aprendiendo la diferencia entre controlar y cuidar, para que los chicos emprendan el camino de la mejor manera.

  • Clarín
  • 15 May 2016
  • Miguel Espeche Psicólogo

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