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El quiebre del proyecto laboral y su repercución en la vida del varón – 1era. parte

Antes de introducirnos plenamente en el tema del quiebre del proyecto laboral, les propongo reflexionar acerca de dos preguntas.

La primera de ellas es: ¿En que reside la potencia masculina?
El sentirse varón, como el sentirse potente, no es innato.
Es el producto de una construcción cultural internalizada. La prueba de ello son los diferentes modelos de masculinidad y potencia que se dan a través de la historia y las culturas.
El estado de situación actual aparece a primera vista como natural cuando, en realidad, no lo es.En la actualidad surgen nuevos espacios y funciones que deben ocuparse para identificarse y ser identificado como varón.
De esta forma, cada hombre construye su subjetividad a partir de los modelos que el entorno le provee favoreciendo el desarrollo de ciertos aspectos y la inhibición de otros.
Cabe destacar que hasta épocas no muy lejanas imperaba el lema “los hombres no lloran” y se cultivaba la imagen del varón recio e imperturbable ante cualquier acontecimiento de la vida, afortunadamente el contexto actual comienza a validar la expresión de los sentimientos y las emociones del varón.
De manera similar la crisis del concepto de trabajo como ocupación para toda la vida, (confundido, incluso, como comentaremos luego, con la noción de identidad) lleva a que se relativice la perspectiva de proveedor económico de la familia y permite habilitar otras funciones históricamente excluidas del repertorio de roles masculinos.
El hecho, por ejemplo, de atender aspectos de la crianza de los hijos generó la posibilidad de establecer vínculos más próximos con los mismos. Con este nuevo compromiso, la paternidad deja de ser tan distante y de caracterizarse por una autoridad del tipo “vas a ver cuando llegue tu padre”.La imagen del varón de antes estaba íntimamente ligada a las nociones de saber, poder y tener, así como a ser importante, sentirse orgulloso y confiado de sí mismo.
Todas estas cualidades tienen un denominador común: la potencia.Ahora bien, éste héroe que debía realizar conquistas exitosas, dominar sus pasiones y cuyo cuerpo debía resistir todo, se encontraba en algún momento de su vida con la discordancia entre el modelo internalizado y sus propias posibilidades de concretarlo.
Esta contradicción aparece como fuente permanente de conflicto, en el marco de una sociedad que le permite cada vez menos el éxito pero, al mismo tiempo, se lo sigue exigiendo. A modo de ejemplo, basta recordar la problemática de la incertidumbre laboral.
Surge ahora la segunda pregunta a la que hacía mención en el inicio: ¿Podríamos pensar a los varones como una población “en riesgo”?
Es frecuente escuchar hablar de la sensación de que nunca se es suficientemente varón, siempre se podría serlo un poco más. El riesgo a la desvalorización es permanente.
La debilidad y el fracaso siempre acechan: sentirse poco varón, fallar como macho.Esta inseguridad suele resolverse a través de la prepotencia y es entonces cuando se manifiesta la tendencia del varón a la impulsividad, la desconfianza, la disminución de la capacidad de comunicarse, el silencio, la sexualización de los vínculos, la pobreza en la empatía, la anestesia y el bloqueo emocional y corporal.
De allí lo peligroso de algunas propuestas que se caracterizan por postular el imperativo de la actitud positiva. Bajo la conocida consigna «tu puedes», estas nociones entran en sintonía con el mandato masculino del héroe todopoderoso – Superman – pero no contribuyen al reconocimiento, procesamiento ni elaboración de los conflictos en juego.
El modelo se constituye en un mandato difícil de cumplir y también de desobedecer: ser un héroe sin dar cabida a la fragilidad, la cual es vivida con extrañeza cuando aparece. Muchas veces las emociones son interpretadas como el signo de que “algo no anda bien” o decodificadas como un problema clínico, por lo que solemos encontrarnos con el uso de psicofármacos como anestésicos emocionales y corporales.
Los viejos modelos no han muerto y los nuevos no han terminado de nacer.Al poseer los privilegios de haber pertenecido al grupo dominante, el varón se encuentra también con los déficit y patologías derivados de intentar mantener esa posición: muerte súbita, accidentes, ejercicio impulsivo de la violencia, aislamiento, dificultades intolerables con la potencia sexual.
Los varones de hoy tenemos menos poder que los de antaño, pero muchas veces somos compelidos a comportarnos como si lo conserváramos intacto.Es este cuadro de situación el que me hace pensar en los varones como «población de riesgo».
Esta sensación de estar en peligro suele desencadenar actitudes defensivas. Las mismas aparecen, muchas veces, como reivindicación de los privilegios que plantea el modelo patriarcal, pero son principalmente intentos de sostener la identidad viril.Jaqueados por las circunstancias, confusos, poco autoreflexivos, los varones tienden a atrincherarse.
El quiebre de la potencia se asocia al quiebre de la identidad. Por eso, la autoimagen de “el que puede” le impide acercarse a la consulta y decir: «No puedo…».
El varón no sólo experimenta la dificultad específica sino que, además, se siente menospreciado y avergonzado por no poder. Así, y volveremos más tarde sobre este tema, muchos hombres llegan al consultorio o a los talleres de reflexión mandados por médicos, abogados, amigos o familiares; es poco frecuente que consulten con una clara decisión propia, sintiendo que es legítimo pedir ayuda.Considero que así como existen hoy estudios desde la «Crítica de la vida cotidiana» que han demostrado la invalidez del denominado «Instinto maternal» en las mujeres, convendría ahondar en los análisis que, por ese mismo camino, nos permitan desterrar la idea arraigada de «instinto poderoso» o «mito del héroe» en los varones.
A la luz de estas reflexiones pienso que la concepción de potencia que más perspectivas nos abre hoy a los varones es la de: “capacidad para devenir”.
 

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