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Hombres mirando su vida

A partir del cambio del lugar social de las mujeres, los varones comienzan a cuestionarse también por su propio rol · Ellos ven pocas ventajas en un modelo tradicional tan exigente como empobrecedor.
Que la revolución feminista y los estudios de la mujer han producido una revolución que conmovió el paradigma de los vínculos humanos ya nadie podría desmentirlo. La deconstrucción de las categorías de opresión por las cuales el género masculino se adjudicó durante siglos la primacía del saber, poder y decisión nos benefició a todos: mujeres y varones.
La lucha contra la desigualdad de género debe sostenerse, particularmente, en los países no centrales donde subsisten muchas inequidades —económicas, culturales, raciales, etcétera— junto a las que dividen a mujeres y varones. Pareciera que una constante transhistórica es transformar las diferencias en desigualdades. Una manera del desconocimiento del otro es transformarlo en un semejante devaluado, es decir, avasallar su singularidad.
Pero es indudable también el avance de la posición de la mujer en múltiples esferas: basta visualizar el incremento asombroso de la currícula femenina en carreras universitarias, el acceso masivo al mercado laboral, la presencia femenina en los fueros judicial, legislativo, educativo, en fin, basta mirar alrededor para comprobar el giro fundamental de la posición de la mujer.
Cuando un elemento de un vínculo cambia —la mujer— todo el sistema se ve conmovido. El varón debió replantear absolutamente su lugar, dado que, como en toda estructura relacional, cada término se define en relación al resto. Pues bien, las mujeres ya no son lo que eran. ¿Y los varones?. Mal, gracias. Y digo mal, porque para muchos varones, el cambio de la posición de la mujer implicó una disminución de su poder real o imaginario. Implicó un necesario reconocimiento de sus aspectos frágiles, desvalidos, habitualmente proyectados en la mujer. Implicó tener que pedir, compartir, negociar. Implicó no ser el dueño de la sexualidad, ni del saber. Estos valores implicaron, durante siglos, fuertes apuntalamientos en la autoestima varonil. Construyeron la identidad del ser humano hegemónico, del sexo dominante.
Pero también, el sostenimiento de aquellos valores ligados a la potencia, al saber, a la indestructibilidad fueron fuente de una gigantesca exigencia para los varones, toda vez que sostener la identidad era acercarse a esos ideales.
En un trabajo que titulé: «Un vínculo frecuente: Mujeres fuertes-hombres fragilizados», estudié una consulta que se repite: la de parejas conformadas por mujeres emprendedoras, activas, con características innovadoras. Y de varones más resistentes a la revisión de sus mitologías masculinas, apegados a formatos conocidos, desubicados y perplejos con respecto a esas mujeres. Como inaugurando una nueva asimetría: alguien fuerte se destaca por sobre un débil. Un cambio de papeles para el mismo argumento.
Hace días, este diario publicó que Doris Lessing, importante autora y feminista, proclamaba: «Hoy, mujeres estúpidas e ignorantes pueden insultar a hombres mejores que ellas sin que se presente la más mínima protesta». Además de señalar un hecho cierto, en el sentido de cierta culpabilización imputada a los varones por el sólo hecho de serlo, seguía nuestra autora»… el desprecio automático en la confrontación con los hombres se convirtió en parte de nuestra cultura».
No está de más aclarar que la autora habla de países desarrollados cuya realidad dista bastante de la nuestra. Nosotros, además de desocupación, impunidad e injusticia, tenemos una realidad en que el «machismo» no sólo fue —es— un nombre. También marcó comportamientos, expectativas y configuraciones vinculares. Me parece que calificar a las mujeres de estúpidas e ignorantes debilita una cuestión compleja reduciéndola a un juego de buenos y malos. Víctimas y victimarios. Demonizar a las mujeres, suena a una estrategia vieja e inútil. Ya fueron tratadas como santas, brujas, prostitutas… Cuando algo no se conoce se le coloca un adjetivo descalificativo o se lo coloca en una posición subordinada.
Escrito por NORBERTO INDA – Psicólogo

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