Acerca de la masculinidad en nuestro tiempo

Al evocar el tratamiento de pacientes varones, exitosos en su campo de acción me encontré reflexionando sobre el tema de la potencia masculina.
El sentirse varón, como el sentirse potente, no es innato. Es el producto de una construcción cultural internalizada. Prueba de ello son los diferentes modelos de masculinidad y potencia a través de la historia y las culturas. El estado de situación actual aparece como natural pero no lo es.
Hoy surgen espacios y funciones que deben ocuparse para identificarse y ser identificado como varón. Así cada hombre construye su subjetividad a partir de los modelos que el entorno le provee.
Estos modelos van a favorecer el desarrollo de ciertos aspectos y la inhibición de otros comportamientos y deseos determinando formas de vivir, gozar, sufrir y hasta morir.
Cada individuo estructura una conducta que debemos considerar el mejor logro a que ha accedido hasta ese momento de su vida. Son sus posibilidades frente a sus circunstancias aunque en determinado momento le produzca malestar o dolor.
Hoy suele decirse que ser varón está ligado a saber, poder y tener; ser importante, sentirse orgulloso y confiado de sí mismo. Todas cualidades con un denominador común: potencia.
Ahora bien, éste héroe que debe realizar conquistas exitosas, que debe dominar sus pasiones y con un cuerpo que debe resistir todo, se encuentra con la discordancia entre el modelo internalizado y las propias posibilidades de concretarlo.
Esta contradicción es fuente permanente de conflicto, en el marco de una sociedad que le permite cada vez menos el éxito, y se lo exige cada vez más. Sólo como un ejemplo recordemos la problemática de la incertidumbre laboral.
Es frecuente escuchar hablar de la sensación de que nunca se es suficientemente varón, siempre se podría ser más. El riesgo a la desvalorización es permanente. La debilidad, el fracaso siempre acechan: sentirse poco varón, fallar como macho.
Pero para toda persona aquello que afecte su autovaloración es vivido como un ataque a la integridad, a su identidad.
Para el varón la vulnerabilidad, la necesidad de reconocimiento, la dependencia, son poco tolerables. Recordemos el conocido estereotipo: «Los hombres no lloran».
Así es que la inseguridad se suele resolver a través de la pre-potencia y surgen tendencias a la impulsividad, la desconfianza, la disminución de la capacidad para comunicarse, el silencio, la sexualización de los vínculos, la pobreza en la empatía, la anestesia y el bloqueo emocional y corporal. De allí lo peligroso de algunas propuestas que se caracterizan por postular el imperativo de la actitud positiva. Su consigna más conocida es: «tu puedes». Entran en sintonía con el mandato masculino del héroe que todo lo puede -Superman-, pero no contribuyen al reconocimiento, procesamiento ni elaboración de los conflictos en juego. Así es como nos encontramos con situaciones perjudiciales cuando el fracaso se hace mayúsculo al «no poder» tener actitud positiva (poder) para poder. Se pasa de «no poder» a: «no poder» y tener culpa por «no poder».
Este conjunto de ideales masculinos que venimos describiendo incluye la protección y el bienestar de los suyos: la función de proveedor.
El modelo se constituye en un mandato difícil de cumplir y también de desobedecer: ser un héroe sin dar cabida a la fragilidad, la cual es vivida con extrañeza cuando aparece. Así es como solemos encontrarnos con el uso de psicofármacos como anestésicos emocionales y corporales.
Los viejos modelos no han muerto y los nuevos no han terminado de nacer.
El varón posee los privilegios de pertenecer al grupo dominante y se encuentra con los déficit y patologías derivados de mantener esa posición: muertes súbitas, accidentes, ejercicio impulsivo de la violencia, aislamiento, dificultades intolerables con la potencia sexual.
Hoy los varones tenemos menos poder pero somos compelidos a comportarnos como si lo conserváramos.
Este cuadro de situación me hace pensar en los varones como «población en riesgo». La sensación de riesgo suele generar actitudes defensivas. Las mismas muchas veces aparecen como defensa de los privilegios que plantea el modelo patriarcal, pero son básicamente la defensa de la identidad.
Jaqueados por las circunstancias, confusos, poco autoreflexivos, los varones tienden a atrincherarse.
El quiebre de la potencia se asocia al quiebre de la identidad. La autoimagen de ser el que puede dificulta cercarse a la consulta y decir: «No puedo… » ya que no sólo siente que tiene cierta dificultad específica sino que además se siente menospreciado y avergonzado por no poder. Así es como muchos hombres llegan a la consulta o a los talleres: mandados por médicos, abogados, amigos, familiares o casi por casualidad; es muy restringido el número de ellos que vienen con una clara decisión propia y sintiendo que es legítimo pedir ayuda.
Considero que así como hay hoy estudios desde la «Crítica de la vida cotidiana» que han demostrado la invalidez del denominado: «Instinto maternal», convendría ahondar en los análisis que en un mismo camino nos permitan dar por tierra con el «instinto poderoso» o «mito del héroe» en los varones.
A la luz de estas reflexiones pienso que la concepción que más perspectiva nos abre a los varones hoy, es la de potencia como capacidad de devenir.
Lic. Guillermo A. Vilaseca

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