Los amigos del café, el rito del encuentro continúa

No importan las excusas: escuchar música, discutir sobre fútbol o política y jugar al dominó o al billar. Los porteños mantienen su espacio de complicidades más allá de generaciones y de clases sociales.

En el idioma de los porteños, la expresión “¿Vamos a tomar un café?” juega de comodín. Sirve como convocatoria para cerrar un negocio, o como apuesta para conquistar, revivir o matar un amor. Pero hay un caso en que la oración sufre una leve reforma: “Nos vemos en el café”. La frase es un “código de barras”, una bandera común para el grupo de amigos que entiende que a tal hora y en tal mesa se revivirá el rito periódico del encuentro, de la celebración de la amistad. Hoy, Buenos Aires sigue mostrando uno de sus rasgos más particulares: la costumbre de juntarse en el café.
Templo pagano del ocio, prolongación del living, reemplazo del diván o púlpito desde el que se predican las utopías que salvarán al mundo, el bar es para los porteños la escala entre el trabajo y la casa. La costumbre atraviesa edades y clases sociales, y pudo más que las modas, la globalización y la crisis económica.
Hay quienes creen que nació por un reflejo de Europa. “La costumbre es típica en Madrid, puede ser uno de los antecedentes. En Buenos Aires, ya existían bares en la época colonial. En el Café De Marco, por ejemplo, se juntaban los revolucionarios de Mayo de 1810”, cuenta Horacio Spinetto, historiador y presidente de la Comisión de Bares Notables del Gobierno porteño.
Lo cierto es que en otros horizontes una vez concluido el motivo del encuentro la gente se va del bar, como en los pubs ingleses, lugares para ir después del trabajo a beber. Sólo en este rincón del Río de la Plata los bares le hacen frente al reloj y logran que las tardes se marchiten lentamente, para enojo de los amantes de la eficacia.
Como muchas otras cosas, la costumbre de ir al café se gestó en la olla donde se amalgamaron las culturas nativas con las de los inmigrantes. En su libro “Sociabilidad en Buenos Aires: hombres honor y cafés”, la historiadora Sandra Gayol señala que, para los inmigrantes, “la calle y la frecuentación de algún café brindaba la posibilidad de anudar lazos y de tejer relaciones con algún connacional”. Esto les permitía a los recién llegados buscar trabajo y no alejarse tanto de sus raíces.
“Más de 200 cafés y 230 despachos de bebidas desparramados por la Ciudad en 1887 ya no detendrán su crecimiento en los años venideros”, agrega Gayol.
Hoy, las causas son similares. Para el psicólogo Guillermo Vilaseca, coordinador de grupos de reflexión de hombres, “el bar sigue siendo un espacio valorado por los hombres. En el bar se comparte el tiempo con los pares, se habla con libertad de fútbol, mujeres, política o cualquier otra cosa, aun sin mucha intimidad. Y se valora el no hacer nada. Es un amortiguador entre las presiones laborales y las obligaciones familiares”.
Usualmente, esta necesidad del encuentro se camufla en excusas. “Ya a partir de la década del 20, los cafés sirvieron como espacio para el debate literario, un ejemplo claro es el Tortoni. En otros cafetines los hombres se juntaban a jugar al billar o las cartas. Luego, y hasta los años 40 y 50, casi todos tenían alguna orquesta de tango estable. Más tarde, en los 60, renació la discusión intelectual o política. Durante las dictaduras, en cambio, la política estaba vedada”, explica Spinetto.
Nadie como el dueño de un café para describir la costumbre, como un cartógrafo detrás del mostrador. Rubén García, propietario del mítico “Café de García”, de Villa Devoto, cuenta: “A la mañana pasan los que salen a trabajar. Después, llega gente discontinua, y al mediodía vienen a comer los que trabajan cerca. Pero a la tarde es cuando llegan los de siempre. A las 15 ya empiezan con el billar y el ajedrez, y desde las 18 y hasta la noche se llena de barras de amigos. Muchos se conocieron acá, de tanto venir, hay tipos que hace 40 años paran acá”.
Lo cierto es que la costumbre está tan arraigada que se convirtió en tema del arte y el entretenimiento: el eterno tango “Cafetín de Buenos Aires”, el programa “Polémica en el bar” (ver Cuarenta…), la historieta “El Loco Chávez” y hasta la reciente publicidad “Día Osvaldo”, de la cerveza Quilmes, en la que un grupo de amigos quiere agregarle un día a la semana para juntarse.
El rito también está a mano de los “sub 30”, gracias a algunos jóvenes que lo mantienen vivo y a la moda de los “after office” para tomar algo en la semana en los pubs irlandeses del microcentro, a la salida de la oficina. Por esto, muchos coinciden en que las barras de café seguirán vigentes. “Podrán cambiar pero no desaparecerán. La prueba está en la cantidad de gente que convocan los nuevos bares de Palermo”, afirma Spinetto. La necesidad del descanso, de la intimidad, de la charla y los silencios seguirán vigentes junto a las mesas que nunca preguntan.
Escrito por Pablo Novillo

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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