La amistad versus el poder

Sin cooperación social no hay nada, ni el diario que usted está leyendo, ni los productos que aquí se promueven, ni siquiera usted y yo, que vivimos, entre otras cosas, gracias a los alimentos que otros producen, y que además somos productos de esa comunidad, desde el momento en que nuestra subjetividad, nuestras costumbres, nuestras creencias y hasta nuestros gustos más personales fueron forjados por una vasta empresa colectiva.

Nada existe sin esa cooperación productiva, sin esa colaboración estrecha entre los miembros de una sociedad. La cooperación, por consiguiente, no puede ser suprimida.

Y sin embargo, el poder siempre se las arregló para negarla o escamotearla de diferentes maneras. Maquiavelo ya lo había dicho hace más de cuatro siglos: “Divide e impera”. ¿Pero como dividir sin destruir la solidaridad necesaria para que la cooperación siga existiendo? ¿Cómo evitar que la potencia productiva de la cooperación se convierta en potencia política de quienes cooperan? Es todo el secreto del poder.

Michel Foucault lo decía de otro modo: “el poder socializa, agrupa y compone, por un lado, pero individualiza, serializa y descompone, por el otro”. Jeremy Bentham había ideado un dispositivo capaz de realizar esta compleja operación, el “panóptico”.

Se trataba de disponer a los individuos en celdas separadas de manera que no tuviesen relaciones con los demás, aun cuando cada uno realizara, al mismo tiemo una parte de un trabajo colectivo. En Vigilar y Castigar Foucault mostró como este dispositivo carcelario, pero también fabril o escolar o militar, se extendía febrilmente a la sociedad entera, de manera más abstracta, por supuesto, y mucho menos perceptible. El dispositivo se convertía así en un diagrama. Pero su función seguía siendo la misma: evitar que la cooperación productiva se convirtiera en solidaridad social y política.

Consúltese la sección VII del primer libro de El Capital, donde Marx le dedica algunas páginas agudas a las teorías de Bentham, y se podrán encontrar los orígenes del pensamiento de Foucault al respecto. Recuerdese como el filósofo criticaba las “robinsonadas” de ciertos teóricos sociales, y se podrá comprender porqué Foucault se preocùpó por hacer la genealogía del “individuo” moderno o las prácticas y los discursos que constituyeron, a lo largo de la historia, ese personaje (a)social y, en cierto modo, (a)político(….) En lugar de preguntarnos ¿quiénes somos?, contestaba entonces Foucault, deberíamos pensar qué relaciones podemos establecer con los otros para romper la serialidad impuesta por el poder, es decir, por aquel diagrama panóptico.

De ahí la importancia que adquiere la “amistad” en sus últimos escritos y entrevistas. Justamente, una de las características de la modernidad consiste en relegar la amistad al ámbito privado, a la intimidad, para considerar que las relaciones públicas son eminentemente contractuales, jurídicas e institucionales ¿No se nos enseñó que nuestra libertad termina donde comienza la libertad del otro? Como si la libertad, nuestra potencia de hacer o de crear, no aumentara cuando nos asociamos con los demás.

En este sentido, ¿podemos pensar hoy una práctica política de la amistad semejante a la philia de los griegos? ¿El grupo de camaradas o de compañeros como resistencia al poder? Era la pregunta que repetía Foucault antes de su muerte, antes de reunirse con quienes la formularon en otras épocas: Epicuro, Lucrecio, Etienne de la Boètie, Spinoza o Bergson. Como si la filosofía no fuera sólo amor a la sabiduría sino también una sabiduría de la amistad. ¿Una ética? Foucault habló alguna vez de la ética como una “introducción a la vida no fascista”, y tal vez ésta sea la mejor expresión para calificar su pensamiento: “El individuo es el producto del poder -escribía en 1977-; hay que desindividualizar por la multiplicación y el desplazamiento de diversos agenciamientos; el grupo no debe ser el lazo orgánico que une individuos jerarquizados sino un constante generador de desindividualización”.

Dardo Scavino

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social.
Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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