La vida, después de que nuestros hijos crecen

silueta familia con hijosÚltimamente me resulta algo difícil saber quién soy exactamente –o, más precisamente, quién seré en el futuro. Algunas partes de mí cambiaron con los años pero mi identidad básica no se ha modificado en tres décadas:soy madre.

Mi carrera como psicóloga y escritora se basa en la convicción de que la maternidad no pasa por tener hijos “felices” atados a nosotros por tiempo indefinido sino por prepararlos para ser independientes y sentir entusiasmo por pasar a la vida adulta.

Es extraño que ahora que mis hijos tienen su propia vida me sienta embargada por una repentina sensación de pérdida.

Debería estar saltando de alegría y felicitándome. Lo hago, en ocasiones. Pero también me desconcierta esa sensación de pérdida que descubro mezclada con el orgullo ante todo lo que han logrado mis hijos, ante todo lo que he logrado yo.

Lo que he perdido es la sensación de ser necesitada y amada con locura por tres seres increíbles, dinámicos y embrionarios.

La maternidad entrelaza indisolublemente el crecimiento y la pérdida desde el momento de la separación física del nacimiento hasta cada etapa superada. Una parte de mí debe haber sabido que cada paso hacia la independencia –desde subirse el cierre de la campera a pasear solos en el shopping o manejar un auto- significaba no sólo que mis hijos eran más capaces sino también que yo era menos necesaria. Y me enfrento a esta realidad con mucha más ambivalencia de la que había previsto.

Quizá porque descubrimos no sólo la pérdida de un tipo particular de relación con nuestros hijos sino también el hecho de que esa pérdida está cercana en el tiempo a otras pérdidas del ciclo de la vida. Hemos tomado decisiones que ahora son irrevocables: el matrimonio que avanzó a los tumbos, la carrera que no se concretó del todo, las amistades que no pudieron mantenerse y, naturalmente, nuestra propia mortalidad.

Desaparecen las distracciones caóticas propias de la crianza y nos encontramos con tiempo para reflexionar.

¿Qué hicimos bien? ¿En qué fallamos? ¿Cómo pasaremos el tiempo que nos queda? ¿Y quién nos acompañará para ayudarnos en la transición?

Sería provechoso empezar a pensar en los años posteriores a la maternidad mucho antes de que lleguen. El pensar en nuestro yo futuro suele quedar olvidado cuando nos centramos en el futuro de nuestros hijos, pero la suerte favorece a los que están preparados. Muchas mujeres descubren que esos años están entre los mejores de su vida. Se casan, se divorcian, prueban carreras nuevas, viajan, amplían sus horizontes, estrechan los lazos de amistad y mantienen relaciones cálidas y cercanas con sus hijos (y luego con sus nietos). Evidentemente hay algo saludable en atravesar la maternidad y volver a una vida más independiente.

No nos perdemos a nosotras mismas. De hecho, podemos ser versiones mejores y sin duda más sabias de las mujeres que fuimos.

Poco a poco y con dignidad, debemos renunciar al lugar central que tuvimos en la vida de nuestros hijos, aprender a hablar menos, dar menos respuestas y hacer más preguntas. La independencia de nuestros hijos nos recuerda cuánto tuvimos que dar y todo lo que hemos logrado.

 

POR MADELINE LEVINE PSICOLOGA, COLUMNISTA DE THE NEW YORK TIMES.  Traducción de Elisa Carnelli.

Publicado en C L A R I N el 19/05/13

Si te interesa este artículo también puede interesarte:

Comentarios en Facebook

comments

Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social.
Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *