Cuento de José

Escrito y enviado por Mónica Neder
Fue un domingo semejante a tantos otros. Me despertó el timbre del teléfono. Nadie contestó, pero bastó para desvelarme. La cama ya me era ajena, la casa, abarrotada de objetos, solitaria de gente. Me vestí por hábito de hacerlo, y sin pensarlo, pero no hacía falta –ya lo había pensado innumerables veces– sal y me hice llevar a la feria.

Demasiadas cosas hay en casa, me decía. Veamos qué se puede obtener en dinero, además de espacio…qué valdrán los morteros de mármol?….y esos candelabros de iglesia, y las tallas de madera…?
Cuando llegué me asombró el gentío, la babel de lenguas, la gente agolpada sobre objetos, divertidos, ávidos de comprar lo que fuese, un bastón de estoque, un sifón, un cencerro que fue de yegua madrina…
Qué estrategia, me dije, convendrá para el caso…Encarar a algún puestero y decirle, “mire, tengo en casa….le interesaría?”  O, más astuto…  “qué cuesta ese mortero… y esos candelabros…?” Pero cómo se hace luego para pasar de comprador a oferente? Molesto….verdaderamente sería molesto…. Pero ofrecerlos no podía, nunca lo había hecho.
Siempre me gustó preguntar el precio, regatearlo….eso sí, y comprar…., y luego buscar donde ponerlo, ese era el problema.  Para colmo, ningún cartel que dijese un salvador  “se compra…”
Me sorprendió la infinita timidez que sentía.  Ningún vendedor parecía amigable…. No les interesaría…. o peor, se echarían encima como cuervos…. Los cuadros, las figuras, las cosas…  Pensé, tal vez…. mejor los regalo…. Pero a quién, a quienes….tantas cosas….?
Tampoco era eso….Que sigan donde están….. para qué anticiparme?
Sobre un tablero vi una canasta llena de fotos viejas….Pensé en mis cajas de fotos….algún día estarán allí…. No me gustó la idea y quise irme, pero me quedé, revolviendo las fotos ajenas….
Este se puede parecer a mi papá cuando joven, como el se describía… con gorra y chaqueta abotonada, y este podría ser el mismo, pero más grande, con sombrero rancho….yo recuerdo que alguna vez lo vi con sombrero rancho…. Devolví las fotos y ya me iba, algo avergonzado,  pero  desde la canasta pareció que me miraba una señora de rodete y sombrerito en la nuca…. Mamá usaba rodete, sombrerito no, pero bien podría ser su hermana, una tía mía, claro…. Entonces recuperé a los dos señores que eran uno, los junté con la tía, y les agregué un abuelo, de barba y gorra, y traje cruzado.
Me fui animando, y pronto tuve al marido de la señora del rodete, y sus muchos hijos, en fotos varias….todos eran primos míos.  Y también me encontré a mi mismo, pero desnudo sobre un almohadón, con un rulo en la frente, como me habían dicho que yo tenía.  Me pareció conveniente tener más tíos y tías, y que fuesen de pueblos o países distintos….
si no, por qué tantas fotos, tantos matasellos de correo?
Me faltaban abuelos, hasta que vi una mujer fuerte y rolliza, todavía no abuela, pero que podría llegar a serlo…  La contextura me pareció apropiada, pensando que terminaría siendo jabón o pantalla de lámpara, allá en Treblinka.  Pronto le encontré marido.  Me pareció conveniente agregar una casa, pobre y digna, en ciudad pequeña.  Ahora sí revolvía con entusiasmo.  A esa casa le cuadraba un tío abuelo sobre una carreta liviana, de un solo caballo, pero, eso sí, con látigo largo.  Con bigotes y sin barba, el tío abuelo oveja negra….
seguro que se habría casado tres veces,  si no, de dónde tantos tíos, y tantos primos?
Quise moverlos por el mundo.  Algunos estaban llegando en cubierta, próximos a desembarcar.  Difícil reconocer en esa mala foto quién era quién.  Uno de ellos era un tío, y el otro mi papá, seguro, y éste, creo, un vecino de su pueblo…. Pocas mujeres….así era como venían.  Los hombres primero, después las mujeres.  No siempre.
Tantos parientes tenía ya en las manos que se me caían al suelo, hasta que alguien me alcanzó una caja de cartón, y pude tener la familia toda junta.  Entonces busqué un álbum, que fuese ajado pero sano, pagué y me fui.
En un kiosco conseguí pegamento, encontré un café abierto, entré y me senté a armar mi familia, a ordenar mis parientes….  y mientras los pegaba a las hojas de cartulina, me iba diciendo quién era quién, porque desde siempre los conocía, sólo que nunca los había visto….
Había atardecido. Decidí volverme…. con mis cosas.  Llevaba el álbum conmigo.
Buenos Aires, agosto de 2003

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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