Del conflicto a la agresión sin escala: cómo frenar las violencias cotidianas

Especialistas de distintas disciplinas advierten que la falta de diálogo impide resoluciones pacíficas a crisis sencillas. La influencia del narcotráfico, la delincuencia y los discursos excluyentes. Los procesos que la favorecen.

En menos de una generación el paisaje familiar de la vereda se transformó en un territorio desconocido. El hogar puede ser un escenario de peligro. En Buenos Aires, una discusión callejera puede terminar a los golpes. Desde las Ciencias Sociales ya advirtieron que lo que ha convertido a las ciudades latinoamericanas en las más caóticas e inseguras no sólo es el número de asesinatos o robos sino también la “angustia cultural” en la que vive la mayoría. La desconfianza y el temor hacia aquel que pasa cerca es la norma. Hay grandes violencias y otras, invisibles. Lo que las une es la pregunta de cómo evitarlas. Los resultados son el aislamiento y la soledad y más violencia.

La semana pasada, en una tarde soleada, sesionó el XXXII Congreso Argentino de Psiquiatría de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA). Una de las mesas que más despertó interés fue la que trataba la ley y las diversas formas de violencias sociales. “La elección de este tema fue porque hay un contexto en el que vemos cada vez más actitudes que van a la agresión y la violencia sin escalas. Escenas cotidianas, como algún percance en el tránsito o un conflicto entre familiares, provocan una reacción desmesurada entre los participantes”, explica a Clarín Verónica Mora Dubuc, quien coordinó el simposio nacional.

La naturalización de las reacciones desmesuradas fue la preocupación tanto de los psiquiatras como de abogados que participaron del debate. Sucede que en los consultorios, en los despachos legales y en las mesas de mediación se escucha resignación . “Las personas están convencidas de que la resolución violenta es la única”, agrega Mora Dubuc.

Las estadísticas dispersas confirman la tendencia. En Buenos Aires, la causa principal de los homicidios son las peleas, riñas en la jerga. Según los relevamientos de la Corte Suprema, representaron el 78% de los asesinatos en la Ciudad (año 2014). El tránsito es un caldo de discusión. Los cortes por protestas se han transformado en el eje del debate y desplazaron a los reclamos que los originan. En abril, la consultora Diagnóstico Político contabilizó 457 piquetes en todo el país. Después del pico de marzo que había llegado a 518 mensuales. En el primer lugar de las preocupaciones está la cifra que indica que cada 30 horas hay un femicidio. Sin contar que las denuncias por riñas encabezan la lista de las que reciben los tribunales porteños.

La enumeración no contabiliza los conflictos que no son atravesados por la violencia pero que no logran resolverse. Raquel Vivian Munt es abogada, mediadora prejudicial y la directora de la Dirección Nacional de Mediaciones y Métodos Participativos de Resolución de Conflictos del Ministerio de Justicia de la Nación. Por año, ese equipo aborda 1.800 conflictos de personas que no pueden afrontar los gastos de una mediación paga. “El común denominador es que en ellos no media la palabra y lo que no se pone en palabras se pone en acción”, explica Munt. Esta mediación hecha por equipos interdisciplinarios, además de los cursos de prevención, son una alternativa a la judicialización vista como la única alternativa para solucionar un conflicto.

“La gente nos trae problemas no juicios.La lógica del denunciado y denunciante muchas veces es insuficiente. Porque una cosa es la búsqueda de la verdad y otra es lo que las partes necesitan. Cuando la solución sale de los involucrados es más efectiva”, explica Munt.

Las pérdidas ocasionadas por las diferentes formas de violencias, más allá de los casos extremos donde directamente se pone en juego la vida, son costosos. “Y lo son en todo sentido”, agrega Mora Dubuc.

“Materiales porque si se judicializan hay que pagar abogados, se pierden propiedades. Pero lo que es peor es que los vínculos interpersonales se alterar profundamente. Esto causa sufrimiento, aislamiento, soledad. Incluso se traduce en enfermedades físicas o emocionales. En algunos casos abren la puerta a consumos problemáticos, que terminan siendo la única forma de satisfacer lo insatisfecho”, explica.

Si bien no todas las marcas de las violencias son iguales, hay algo que las hermana. “Las violencias sociales en gran escala muestran similitudes notables con las formas que aparecen en ámbitos privados o íntimos, necesariamente más restringidos. En los estadios de fútbol o dentro del hogar, en las guerras, en la calle y en la escuela, en muy diversas escalas, se encuentran los mismos catalizadores de la violencia. La idea básica es aterrar y conseguir ventajas a partir de ello. A tal punto que los especialistas están hablando ahora de ‘terrorismo familiar’ porque los síntomas que muestran las mujeres involucradas en vínculos violentos, es decir el estrés postraumático crónico, son los mismos que muestran las víctimas del terrorismo o los soldados después de una guerra”, agrega Graciela Peyrú, médica psiquiatra.

“La aceptación entre todos los que trabajan contra la violencia de que existen catalizadores psicosociales que nos afectan globalmente es uno de los posibles caminos a transitar por la no violencia”, agrega Peyrú. El entramado cultural que se construye para que la violencia sea una primera alternativa ante un conflicto es complejo. “Su célula íntima tiene que ver con la forma de vinculación en la sociedad actual, muchas veces parece que tenés más valor por lo que tenés y no por lo que sos. Cuando deberíamos poder vincularnos desde nuestra identidad con una mejor calidad de vínculo con el otro. Tomar un café o jugar al fútbol, pero no puede pasar a ser lo predominante en el vínculo”, opina Mora Dubuc desde la psiquiatría.

Desde las Ciencias Sociales en el análisis de los escenarios violentos también subraya el desconocimiento del otro y la falta del diálogo entre los muchos factores que intervienen en el fenómeno (Ver “Nuevos desafíos…”). El politólogo mexicano Robinson Salazar estudió desde hace más de dos décadas las distintas formas de violencias tanto en México como en Argentina y otros países latinoamericanos. “Para que los dos bandos conozcan las razones de cada quien es necesario romper el silencio y ajustarse a las prácticas sociales. Si tenemos un grupo, segmento social o sociedad con escasa capacidad dialógica, con un número de palabras reducidas para poder explicar con claridad sus pretensiones, deseos o demandas, el otro no entenderá y es posible que dos parlantes con escasos argumentos no lleguen a una conclusión y desaten la confrontación”, explica.

Según el politólogo, donde han renacido los conflictos en América Latina es en aquellos lugares con antecedentes de confrontación en el pasado como Colombia, Venezuela, México, Argentina, Perú y Brasil. “En estos países el espectro social está alimentado por actores proclives a la violencia como el narcotráfico, la delincuencia y los discursos arraigados con sesgo excluyente. Estos factores son negadores de diálogo, dado que los tres están al margen de toda actividad civilizatoria propia de la actualidad. Narcotráfico y delincuencia son factores disonantes de toda sociedad, apelan a la rudeza, a la violencia para obtener beneficios, su naturaleza es destructiva y entre ellos generan la ‘autolimpieza’. El discurso excluyente es propiciado por sectores que no quieren perder sus privilegios, no reconocen la mutación en las sociedades, no saben competir, hacen uso de la fuerza para mantenerse vigentes, persisten en la rudeza verbal para incubar sin razones y venganzas, aprovechando la crisis de autoridad y el libre albedrío que hasta ahora llevamos recorrido en los primeros 17 años de este siglo”.

La clave: identificar procesos que favorecen las violencias

“Resulta imprescindible para evitar las grandes y las pequeñas violencias tratar de frenar todo aquello que en la sociedad facilita y acelera las conductas destructivas”, explica Graciela Peyrú, médica psiquiatra y directora de la Fundación para la Salud Mental. Según la especialista en violencias, estas operaciones son:

*Revictimizar, o sea transferir la responsabilidad del crimen del victimario a la víctima.

*Subrayar y exagerar las diferencias entre los hombres y las mujeres. Exagerar la incompatibilidad entre los intereses enfrentados en los conflictos de género y excluir toda posibilidad de coincidencia. Al mismo tiempo, exaltar e idealizar el valor de los logros triunfales masculinos.

*Definir con rigidez los campos de lealtades: “nosotros o ellos”, sin matices intermedios en cualquier discusión.

*Minimizar la importancia de los costos materiales y humanos que generan las violencias.

*Descalificar como “blando” a quien trata de considerarlos.

*Negar y desconocer los costos o el significado de los actos violentos y, además, su misma existencia.

Comentario: Hoy se pone de manifiesto la peculiar  relevancia que la temática de la resolución de conflictos cobra en la actualidad.

 Estos son temas que se abordaron en el Congreso de Psiquiatría en Mar del Plata donde presenté un trabajo al respecto junto al Dr. Bruno Linne y hubo mucho énfasis en investigar como debatir estas cuestiones en mesas, simposios y talleres.

 Es importante ver que en la resolución de conflictos cobra un sentido especialmente importante viabilizar el diálogo, la aceptación del otro, la posibilidad de construir empatía y  respeto como pilares fundamentales que garantizan el fortalecimiento de La Red vincular disminuyendo  el aislamiento, la evitación y la ruptura de los lazos solidarios con compromiso respecto de las tareas comunes.

 

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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