Vectores del Cono Invertido: Afiliación o Pertenencia

Podemos definirlos en cuanto al “grado de ligazón que los integrantes tienen entre sí y con la tarea”. Es decir hacer referencia a la cohesión grupal.

Si recordamos los conceptos de serie y grupo, descriptos por J.P.Sartre, podremos decir que la afiliación se da en los momentos en que los sujetos aun se consideran “no” significativos entre ellos, la afiliación corresponde a un incipiente sentimiento de pertenencia, y va desde el momento de alteridad hasta la instancia en que algo de la identificación aparece aunque aun de bajo compromiso. Los otros no son totalmente indiferentes, pero todavía no son particularmente significativos.

Podríamos ejemplificar este vector, pensando en el momento en que un sujeto se “afilia” a un club de futbol.

Siguiendo esta línea, la pertenencia implica un grado mayor de cohesión, de identificación con los otros. El objetivo es que los sujetos sean capaces de integrarse al grupo, planificar las acciones para concretar la tarea, ser parte del proceso grupal.

Podríamos pensar la pertenencia en etapas en relación a los organizadores grupales Tarea y Mutua representación interna. En la primera etapa, el grupo es vivenciado como impacto, por la co-presencia de la mirada de los otros. La situación de desconocimiento produce un elevado nivel de desconfianza, provocando resistencias que se manifiestan como imposibilidades de comunicarse, de parálisis o disociación como mecanismos para controlar la ansiedad. Es una etapa de autocentramiento, es decir el sujeto se encuentra mirándose a sí mismo y vive al grupo como preexistente, es decir como una “formación” previa a su llegada, sin sentirse parte del proceso de construirlo. La mutua representación interna, aun no existe y los roles no son claros, salvo la presencia del líder.

Una segunda etapa, se caracteriza por el inicio de la integración, donde la situación grupal es más conocida y los acercamientos se dan por subgrupos, hay mayor familiaridad entre los sujetos y comienzan a gestarse alianzas. Los mecanismos de control aún se observan, de manera menos extrema, y tomando la forma de enunciación de reglas o normas de funcionamiento. Si bien en la etapa anterior las necesidades son comunes (no en común, con los otros) es en esta instancia donde pueden ser escuchadas las necesidades del otro y registradas por lo menos como parecidas a las propias.

Todo esto pone de manifiesto cierta cohesión mayor, se vislumbra la “ilusión grupal” expresado en cierta euforia y con frases como “estamos muy bien en este grupo” “somos el mejor grupo” etc. Surge la posibilidad de un proyecto grupal, aumenta el compromiso y la autonomía, los sujetos del grupo van reconociendo sus potencialidades y limitaciones y así va conformándose la mutua representación interna.

La tercera etapa, a partir de la interacción sostenida, es el momento del fortalecimiento del proceso, y a partir del proyecto dar cuenta y trabajar sobre la “finitud” del grupo. Hay una imagen grupal de cada uno, las necesidades han sido puestas en común, son necesidades compartidas y la tarea redefinida y asumida desde el mayor compromiso y protagonizada por los integrantes.

Podemos afirmar que junto con la integración se debe producir la desilusión y posibilitar un proceso de discriminación en el que cada uno se reconozca como sujeto portador de características diferentes, que en pos del aprendizaje logrado podrá llevarse consigo al momento que el tiempo grupal llegue a su fin.

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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