El sexismo que afecta a los hombres

sillaSemanas atrás me encontraba sentado junto a otras personas en una sala de espera, y mientras dejaba pasar el tiempo absorto en mis pensamientos entró una mujer. Como en el espacio no había sillas disponibles, me incorporé para ceder el asiento. La señorita me miró con cara extrañada y casi con fastidio me hizo un gesto que lo decía todo, o sea: ni gracias. Un tanto perplejo, decidí no volver a sentarme y permanecer de pie.

Ahora pienso que esa silla vacía era una metáfora de la desorientación que muchos hombres experimentan ante el cuestionamiento de los códigos y semblantes que, hasta no hace mucho tiempo, pautaban las relaciones entre los sexos, para decirlo todo: hoy muchos tipos no saben bien cuál es su lugar ni cómo ponerse.

Algo parecido sucede al subir a un colectivo o tomar un ascensor: en ciertas ocasiones el gesto de dar prioridad a la dama es considerado una actitud machista, sexista y paternalista que atenta contra la igualdad entre los sexos. No descarto que sea así, y que las damas en cuestión tengan sus fundadas razones para actuar de esta manera, solo que también hay muchas otras cuya manera de pensar es diametralmente opuesta: aprecian el gesto de cortesía y en caso de que no se les conceda, descalifican al varón en cuestión por mal educado o desconsiderado.

Cito estos ejemplos que -por tratarse de situaciones fortuitas y anónimas acontecidas fuera de todo ámbito laboral, académico o familiar-, no generan mayores consecuencias respecto de algún posible ejercicio de poder o manipulación sobre la voluntad de una mujer. Insisto, considero tan válida la posición de las mujeres que rechazan la cortesía sexista como las que la agradecen y esperan.Sólo me interesa destacar la encrucijada en las que muchos varones quedan atrapados ante el vértigo con que los nuevos tiempos y acontecimientos reformulan códigos y expectativas de convivencia.

Es que el sexismo también afecta a los hombres: hoy –atroces crímenes mediante- la sanción social ante la descortesía de un varón no es la misma que la aplicada a la de una dama. Quizás los tiempos convocan a la plasticidad, la inventiva y un saber hacer allí sin quedar muy tomado por reglas o normas preconcebidas.

Algo fácil de decir pero difícil de poner en práctica. Lacan sugiere que hombre es quien por amor a una mujer renuncia a las imposturas masculinas. Mi impresión es que todavía no se forjó un discurso que ampare una nueva masculinidad, más sensible a los matices que ansiosa por cumplir con estereotipos, más atenta a registrar el propio deseo –y cargar con las consecuencias- que a dejar contenta a la partenaire: una posición que algunas mujeres saben valorar por encima de vanas y tontas galanterías.

Escrito por Sergio Zabalza, psicoanalista (Hospital Alvarez)

Publicado el 3-12-2016 en C L A R I N

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