Cómo asumir la propia vulnerabilidad nos ayuda a encontrar el camino propio

descargaMundos íntimos: Mis miedos me impidieron vivir muchas alegrías

Fobias, pánico, conductas evitativas. Silvia Arazi describe una vida cotidiana en la que sus muchos logros personales y profesionales quedan atravesados por los temores que implican. Viajar para recibir un premio por su libro, pensar en tener un hijo o salir al escenario –es cantante y fue actriz– generan una sensación de no poder, de mejor no hacerlo, de que algo puede salir mal.

Siempre pensé que el temible dragón contra el cual luchan los héroes de los cuentos, no es más que una representación del Miedo.

Desde muy chica conocí a mis dragones: terror a caerme de la bici, a comer un alfajor envenenado, a ahogarme en el mar, a las brujas y a la oscuridad. Me veo como una nena flaquita y asustada –la rara de la casa–. Una nena que lee, escribe y pinta encerrada en su cuarto. Encerrada en su mundo. Si bien muchos de esos miedos infantiles se desvanecieron, me convertí en una joven miedosa y, todavía hoy, sigo teniendo muchos miedos.

Fobias. Ataques de pánico. Conductas evitativas. Voces que me señalan con sus geométricas etiquetas.

 

 Pero ni siquiera los miedos nacen de un repollo. Voy hacia atrás, a la foto familiar.

 

Buenos Aires, barrio de Belgrano. Una casa blanca, con patio, sobre la calle Crámer donde vive un matrimonio de origen sefaradí, con tres hijos. Mi padre, un hombre delgado de bigotito fino y pocas palabras, comerciante. Mi mamá, una mujer dulce, con nombre de flor y acento provinciano, cordobesa. Todos en esta familia tienen piel mate y ojos negros, salvo el hijo varón que heredó los ojos verdes del abuelo Selim. En apariencia, una familia porteña como tantas.

En el reverso, imágenes que vienen de lejos. Velos, camellos y bazares. Palabras en lengua remota. Aromas a canela y a azahar en la cocina. Varones que escriben la ley. Mujeres que callan.

Mis abuelos paternos llegaron en barco, con sus siete hijos, en busca de una vida más próspera. La tía Letife –la contadora de historias–, me contó que mi abuelo en su juventud era sastre y tocaba el shofar (instrumento musical realizado con el cuerno de un animal) en el templo. Lo recuerdo cantando en su idioma natal, pronunciando con ternura la palabra habibi (mi amor) y tomando sorbos de anís de una botellita que guardaba en el bolsillo de su saco. Mi abuela era una mujer diminuta –el pie más chico que he visto jamás– y muchas pulseras de plata que tintineaban con cada gesto de su mano. Era tan pequeña como controladora. Una verdadera “suegra” de historieta. Mi mamá, claro, le temía. Y todos, en casa, le temíamos a mi papá.

Mi mamá nos decía: “Le voy a contar a Tu Padre, Ahora viene Tu Padre, Qué va a decir Tu Padre. Cuando se entere Tu Padre. Tu Padre –mi papá–, no era violento pero sí severo, exigente y distante. Cuando entraba en la casa, el ambiente se enrarecía. Era un hombre muy prolijo y ordenado –cualidades que no eran mi fuerte– y tenía la perversa habilidad de encontrar el error o la falta, en cualquier circunstancia. Cuando algo le molestaba, su mirada y sus palabras podían tener el filo de un cuchillo.

Si bien todos en mi familia padecían su ojo crítico, yo parecía ser su blanco favorito. Me reprochaba vivir en la Luna, pasarme horas leyendo, ser distraída y lenta. Yo me esforzaba por tener los pies en la tierra, por ser “eficiente”, pero era tanto el miedo a equivocarme que –como un destino fatal–, a su lado me ocurrían todo tipo de tragedias. Recuerdo, por ejemplo, haber dejado un kilo de helado fuera de la heladera que fue un festín para las hormigas, la puerta de casa cerrada con la llave adentro o una hornalla encendida que casi provocó un incendio. Nunca, como a su lado, fui tan torpe.

También mi mamá temía la mirada de Tu Padre –por lo general descalificadora–, pero sus fantasmas venían desde antes. Todavía hoy, ella le tiene miedo a casi todo, igual que su propia madre, “la abuela de Córdoba”, quien, al parecer, temía salir sola a la calle y vivía tomando té de cedrón para evitar un infarto, que nunca ocurrió.

Mi madre sembraba miedos en la casa como si fueran bulbos.

Cuidado con el escalón, con aceptar regalos de extraños, con alejarse de la orilla, con tomar frío. Cuidado. Cuidado. Cuidado, repetía su mantra. Mis hermanos heredaron algunos de sus miedos, pero sin duda fui yo, la hija mayor, quien hizo florecer aquel jardín envenenado.

En mi adolescencia mis dragones tuvieron descendencia. Miedo a manejar, a ir al médico, a reuniones con mucha gente, al cáncer, al avión, a la maternidad, a la locura. Al miedo. Y detrás de todas esas máscaras, un miedo único que no me abandonaría nunca: el miedo a la muerte.

Siendo muy joven tuve un embarazo ectópico y un accidente de auto bastante severo. Ambos hechos dejaron un recuerdo amargo y cicatrices en mi cuerpo. Sin embargo, a la distancia, pienso que ningún hecho “real” me lastimó tanto como el miedo, ese dolor psíquico que multiplica en nuestra mente –como si fuera un palacio de espejos–, la escena temida, una y otra vez.

A los veinte años, ocurrió algo que cambió el paisaje de mi vida.

En ese momento, estudiaba teatro y fui elegida para actuar en una publicidad que se hizo muy popular. Durante cinco años –en un remolino que no entendía del todo–, protagonicé cine, teatro, televisión. Me hacían notas en los diarios, en la radio, en la tele. Detrás del oro falso de las apariencias, fue una época muy difícil para mí. Me perturbaba sentirme mirada, evaluada. Mi cuerpo gritaba: tomaba pastillas para dormir, para filmar, tenía jaquecas, cansancio, dolor de cuello crónico.

Hasta que un día tuve la certeza de que estaba en un lugar equivocado. Y cambié el rumbo. Fue entonces cuando comencé a estudiar canto lírico. Tomaba clases, obsesivamente, todos los días. Mi maestra, una mujer de pelo rojo e ideas un poco locas me incentivó a entrar alInstituto de Arte del Colón.

En ese teatro –después de atravesar la mirada prejuiciosa de mis compañeros que me consideraban una intrusa–, me enamoré de la ópera y experimenté en el cuerpo la salvaje emoción de cantar. Además, la desmesura de ese mundo me inspiró, mucho tiempo más tarde, una novela llamada La maestra de canto que fue afortunada y se publicó en otros idiomas y luego llevada al cine.

Durante varios años canté frente al público, en ámbitos diversos, pero jamás dejé de padecer lo que se llama “pánico escénico”: el corazón latiendo a toda velocidad, el cuello y los hombros rígidos, las manos húmedas, la falta de aire.

Mientras tanto, a solas, escribía.

La escritura me acompañaba desde chica como una amiga secreta. Una noche, después de una función, me desperté con una sensación extraña. Imágenes muy vívidas, personajes y situaciones en mi mente y la necesidad imperiosa de volcarlas al papel. Ese hecho se repitió varias noches. La escritura se me imponía.

La cabeza me pesaba y tenía que drenar esa multitud de voces y transformarlas en palabras. Alguien me sugirió que llamara a Abelardo Castillo. Me gustaban mucho sus cuentos y sabía que tenía un taller. Sabía también que era muy exigente y que la primera entrevista era una especie de filtro atroz.

Cuando estuve frente a él, me preguntó por qué quería escribir si era cantante. Me pesa la cabeza, le dije. Ajá, dijo y se quedó mirándome unos instantes que me parecieron eternos, con la pipa en su boca. Pensé que me mandaría a un psiquiatra o a un lugar más lejano, pero no. Dijo: “Sí, es un síntoma del escritor”. Y así fue como asistí a su taller de escritura durante tres años y comencé a escribir narrativa ya que hasta entonces yo escribía poesía o algunos textos informes.

Poco a poco, la literatura fue adquiriendo una importancia mayor en mi vida. Que mis primeros cuentos fueran premiados –además de la enorme sorpresa–, legitimó algo que, hasta entonces, ocupaba en mí un lugar privado. Parecía haber encontrado, por fin, un lugar de sosiego pero, como otras veces, el miedo me hizo pagar un impuesto a las ganancias.

Los organizadores del concurso me invitaban a España al acto de entrega del premio y a participar en unas jornadas con escritores a quienes admiraba. Rápidamente acepté –con una alegría muy parecida al éxtasis–, pero desde luego, debía viajar en avión. Anteriormente, había hecho un par de viajes cortos –nada me pareció tan espantoso y antinatural como estar en el aire, sin piso– pero esta vez estaba decidida a volar. Se acercaba la partida; yo estaba feliz, pero, casi sobre la fecha, me empezaron a doler los pies –sí, los pies–. Me dolía la planta de los pies al caminar.

A cada paso, mis pies parecían decirme: “yo no voy”.

Recuerdo estar en Palermo con un amigo músico –que sabía de mi miedo a volar– y contarle con preocupación cuánto me dolían los pies. El, que sabía de la importancia de ese viaje y de mi miedo a volar, trataba de animarme. Pero el dolor aumentaba a medida que se acercaba la fecha. Unos días antes del viaje, escribí a España diciendo que por un imprevisto familiar no podría asistir a la entrega del premio.

Todavía hoy me da mucha tristeza recordarlo.

Durante mucho tiempo establecí con los miedos una lucha cuerpo a cuerpo.

Busqué ayuda en el psicoanálisis, el yoga, la homeopatía y la meditación. Hice un curso para vencer el miedo a volar donde, al escuchar los desopilantes relatos de los miedos ajenos, comencé a reírme de los propios. Todo fue útil para mitigar los miedos, sobre todo la meditación y la risa, dos caminos distantes que consiguen, ambos, disolver los espectros de la mente.

Sin embargo, algunos miedos se desvanecieron y otros no. A veces me atacan de improviso, por la espalda, a traición. Entendí que puedo tener con ellos una relación más amable, y que un día cualquiera pueden retirarse como caballeritos, porque en verdad, no son más que dragones de papel. También entendí que, lejos del optimista “¡tú puedes!”,querer no siempre es poder y que tal vez, algunos permanezcan conmigo largo rato. O siempre.

Lo más importante –lo pienso ahora, que escribo por primera vez sobre mis miedos– es que fui cambiando mi modo de vivir, buscando una forma propia de estar en el mundo, más acorde con mi naturaleza.

Desde hace tiempo evito ir a lugares con mucha gente y si es posible, elijo no viajar en avión. Canto en público sólo cuando el deseo es muy grande. Tengo una relación con un hombre que no intenta cambiarme y, de a poco, estoy dejando la gran ciudad para radicarme en la querida Colonia del Sacramento –en el paisito vecino–, esa ciudad silenciosa junto al río, donde siento que todo mi ser se apacigua.

Escribir ocupa hoy un espacio medular en mi vida. El acto privado de la escritura es, también, un modo de volver a mi cuarto de niña: a ese lugar sagrado donde dibujaba y escribía a puertas cerradas. Es en el universo de las palabras donde puedo desplegar todos mis sueños, viajar a todos los mundos y vivir las aventuras más riesgosas.

Un lugar donde me siento libre. Y a salvo.

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Silvia Arazi. Escritora, cantante y actriz, se considera una persona con varios miedos y algunas valentías. Cantó música de cámara, ópera, canción francesa y latinoamericana. Su libro de relatos “Qué temprano anochece” ganó el premio Julio Cortázar en España. Publicó las novelas “La música del adiós” y “La maestra de canto” (esta última traducida al alemán y al holandés y llevada al cine). Su libro “La medianera” (una novelita haiku) fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes. Vive entre Buenos Aires y Colonia del Sacramento: de elegir, le gustan las ciudades pequeñas. También, creer que Dios existe, caminar junto al río y, en días fríos de otoño, preparar sopa con todas las verduras para compartir con sus amigos.

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social.
Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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