La mejor cura para la impotencia sexual

El doctor Maroldi trabajaba en el servicio de Urología, en un hospital público de prestigio, en 1951. La verdad es que Maroldi no era un hombre estudioso en su especialidad y concurría poco a los ateneos clínicos de los martes a las 11 de la mañana. Prefería irse a un café cercano y leerse el Diario Popular con tranquilidad. Esta actitud del doctor Maroldi no era bien vista por sus compañeros ni por el jefe de Servicio de Urología, quienes le reprochaban su falta de solidaridad con el resto de los integrantes del equipo. El les respondía siempre lo mismo: es verdad, pero créanme que estoy estudiando mucho, mucho, ya van a ver.

A los pocos meses ocurrió que el doctor Maroldi comenzó a convertirse en la figura más buscada en las consultas de los consultorios externos de Urología. Una larga fila de hombres y mujeres, llegando a veces a superar el perímetro del servicio, hacía fila para consultarlo al doctor Maroldi. Algunos de los pacientes hacían cola toda la noche para conseguir el número para la entrevista con el urólogo. Por supuesto que los demás servicios también se veían afectados por toda la gente que ocupaba las colas de los consultorios externos y sus alrededores. Además, el intercambio de comidas entre quienes esperaban al doctor, los productos alimenticios que intercambiaban en sus largas esperas. El servicio de Cardiología era uno de los más afectados. Consultado uno de los urólogos por el jefe de Cardiología sobre este extraño fenómeno que ocurría en el hospital:

–Che, ¿quién es este Maroldi que nos está creando este quilombo de gente? El urólogo respondió:

–No sabemos qué pasa, pero sí sabemos que el jueves 21, en el ateneo, va a explicar con detenimiento su trabajo sobre impotencia sexual masculina.

–Pero hay muchas mujeres en la cola –dijo el cardiólogo.

–Maroldi sólo nos ha dicho que las mujeres vienen por el boca en boca y que él las trata muy bien, muy respetuosamente.

–Che, ¿vos creés que puedo ir a ese ateneo?

–Para nosotros sería un honor tenerte.

–¿Cuándo es?

–El 21 a las once en punto, no faltes.

Mientras tanto el Servicio de Urología era un hervidero de chimentos.

Algún urólogo intentó pagarle a una señora de la fila, y ella le respondió que el doctor Maroldi les había pedido a todos sus pacientes que tuvieran la gentileza de esperar que fuese él, en el ateneo, el primero en informar sobre la naturaleza del tratamiento y sus resultados. Varios colegas de otras especialidades habían solicitado también un permiso para ir el 21.

Por fin llegó la fecha del anhelado ateneo donde el doctor Maroldi iba a exponer sus ideas sobre el tratamiento de la impotencia sexual masculina. Siendo las once de la mañana el urólogo penetró por una puerta lateral del recinto y se quedó parado en el centro del salón. Se escucharon algunos gritos provenientes de la puerta central, donde unos médicos del Servicio de Anestesiología pugnaban por entrar junto con el sector más fanático del doctor Maroldi. Hubo algún tipo de enfrentamiento entre ambos grupos. En realidad había 120 personas en un recinto preparado para recibir a no más de 60, y eso se sentía en el clima imperante.

“Señores, he venido aquí para presentar un trabajo de nuestro Servicio de Urología, y los ánimos parecen no ser los mejores para el desarrollo de una disertación científica. Esto significa literalmente que si no ceden los gritos y empellones me retiraré en cualquier momento.” La contundencia de las palabras del doctor Maroldi dejó sin palabras al auditorio. El urólogo sacó de su portafolio un pote blanco enorme donde se llegaba a observar, sobre todo en las primeras filas, una etiqueta donde se podía leer la palabra “Vaselina”.

“Las siguientes palabras –continuó el doctor Maroldi– han sido extraídas casi literalmente de la primera entrevista con la paciente L, que dio su consentimiento si eso podía contribuir al éxito de futuros tratamientos. Están en el protocolo que los profesionales podrán retirar, si así lo desean. La primera entrevista que voy a leerles ahora no es muy diferente de las otras quince que he utilizado para la casuística. Las sociedades de Urología de Alemania y Australia ya la utilizan con un resultado parecido al que pude comprobar. Esta misma mañana recibí un pedido de la Association of Urology de Belfast, pero volvamos a la clínica, fuente de todos nuestros saberes médicos”, dijo Maroldi, y leyó un fragmento de la historia clínica:

“Abrí el pote de vaselina y le pedí a nuestra paciente que se untara el dedo índice entero; le sugerí, además, que en su primera intervención se cortara la uña del dedo índice, para evitar todo tipo de dolor a su compañero. ‘Amado compañero –dijo ella–, amado.’ Yo continué: ‘Cuando su marido intente penetrarla, usted pídale primero que utilice una almohada debajo de su cadera para mayor comodidad de ambos. Apenas él comience a penetrarla abra sus nalgas (las de su esposo) e introduzca levemente su dedo índice en el orifico anal. No debe penetrar bruscamente el orificio, sino hacerlo suavemente, con un movimiento lento y rítmico, dedo y orificio tienen que ser una haecceidad (Deleuze, filósofo francés). Su dedo índice, introducido en el ano de su ser querido, no debe individualizarse como dedo, sino que el índice y el ano deben construir una nueva individuación donde el ritmo de su índice y las contracciones anales de su esposo van a producir una máquina de goce. Es el ano el que con sus contracciones debe atraer al dedo, nunca introducir el dedo haciendo fuerza contra el esfínter, por el contrario, es el esfínter el que debe permitir el avance del dedo. A esta altura de los acontecimientos usted o su esposo notarán que el pene ya debe estar en erección y usted visiblemente mojada (disculpe mi crudeza) por su excitación y sus nuevas secreciones que completarán el nuevo placer entre los dos. Una última indicación: no debe tener pudor en llamarme o volver a verme por cualquier duda que pueda generar este tipo de intervención’. La señora L no me llamó, pero al otro día recibí una carta que ella misma aceptó que leyera en el ateneo: ‘Doctor queridísimo Maroldi, el resultado del tratamiento ha sido maravilloso, mi marido me ha dicho tantos piropos olvidados. El, sobre todo, ha olvidado su mal carácter y su mal humor con el éxito del tratamiento. Yo también lo quiero más, me siento enamorada otra vez, qué sé yo. Usted ha cambiado nuestra vida, el amor ha vuelto a la pareja como en los mejores tiempos. Una sola pregunta querido doctor, él parece muy excitado por mi dedo índice y lo espera ansiosamente. Ayer cuando hicimos el amor, él mismo ya se había envaselinado solo el ano, esperándome en la cama ansiosamente. Fue fantástico, increíble. Hasta la vecina me preguntó al otro día por los gritos inusuales que proferíamos y me pidió su teléfono. Yo le dije que prefería no dárselo, porque usted prefiere atender en el consultorio externo de Urología en el hospital. El boca en boca se corrió en el barrio, donde todos somos vecinos desde hace veinte o treinta años, y el viernes a la noche realizamos una fiesta de festejo por usted, doctor Maroldi. Generador del rescate del nuevo amor entre mi esposo y yo y de muchas otras parejas del barrio de Floresta que han construido nuevos amores, nuevos descubrimientos, nuevas felicidades. Gracias por todo. Muchas gracias.’ Firma la carta la paciente L, a quien yo, doctor Maroldi, agradezco por su valor y su integridad, por permitirme leer este trabajo en este ateneo”.

El jefe de Urología, el doctor Gutiérrez Ayerza, se acercó al doctor Maroldi y le arrebató el micrófono para proferir las siguientes acusaciones: “Quiero aclarar que hoy (mira su reloj pulsera Rolex) a las 12.20 del 21 de septiembre, el doctor Maroldi ha sido expulsado de nuestro servicio por su inmoralidad, por su falta de relato científico y por su falta de todo pudor en ese escrito repugnante que acaba de leernos. El doctor Maroldi también es responsable por colmar este recinto médico por personas… por personas. Esa chusma que lo sigue y que hoy ha invadido nuestro ateneo sin ningún tipo de reparo y de pudor. Hoy extenderé a la Asociación Argentina de Urología el pedido de expulsión del doctor Maroldi y pediré además al doctor Francescoli, director de nuestro querido hospital de tantos años de prestigio y de trabajo, para que tramite su expulsión de este hospital. Esto que acaban de escuchar es un ataque a la ciencia y al decoro”.

El doctor Maroldi retomó el micrófono y dijo: “Señores y señoras, gracias por escucharme, muchas gracias a todos”, y salió del recinto por una puerta lateral con un ejemplar del Diario Popular en la mano. El jefe de Cardiología lo corrió y lo alcanzó en la puerta, le dio un sostenido abrazo y le dijo: “Ha sido una clase magistral, Maroldi, una verdadera clase magistral de medicina. Gracias en nombre de todo el Servicio de Cardiología”.

Este trabajo del doctor Maroldi fue un hecho real, ocurrido en el año ’53 en un hospital. El doctor Maroldi era judío y muchas fueron las versiones que se suscitaron después de su expulsión del Servicio de Urología. Hace por lo menos quince años, el médico me lo relató en forma personal a mí. El eje del trabajo, sobre todo la entrevista con su primer paciente, son casi dictados por el urólogo a mí. La lectura de este trabajo en el ateneo clínico originó la decisión del jefe de Urología de expulsarlo del servicio. Por supuesto que me he tomado ciertas licencias literarias, tratando de construir el imaginario de tan insólita situación de discriminación del médico aludido. Me siento en la obligación de aclararlo para que se vea el poder, muchas veces arbitrario y autoritario, que un grupo de médicos puede ejercer contra otro grupo de médicos.

Actualmente las técnicas del doctor Maroldi sobre impotencia sexual son comunes en los servicios urológicos de muchos países desarrollados. Ninguno de los nombres que surgieron en mi trabajo son reales, son todos producto de la ficción. Es posible que hoy el trabajo del doctor Maroldi hubiera tenido una repercusión menos discriminatoria, de acuerdo con el social histórico que nos atraviesa. También la sexología ha contribuido en muchos aspectos ampliando nuevos horizontes en la sexualidad de hoy. En 1960, en la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), yo analizaba a un homosexual y mi supervisión me decía que la homosexualidad era sólo una defensa frente a la esquizofrenia.

Escrito por Eduardo “Tato” Pavlovsky – Psicodramatista, dramaturgo, actor.

 

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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