Ataques de pánico en menores de 30. Son cada vez más usuales, debido a la sobrecarga de responsabilidades y al estrés diario

Las manos comienzan a sudar, las palpitaciones se aceleran y poco a poco va costando respirar. El episodio dura apenas unos 10 minutos, pero para quien lo vive en carne propia parece que pasó una eternidad. Siente que pierde el control y que está próximo a sufrir un infarto o un desmayo. Cada uno de estos síntomas es característico de un ataque de pánico, un cuadro que afecta cada vez más a los jóvenes. Producto de la sobreexigencia laboral y académica, chcios entre 21 y 30 años llegan con estas crisis a las guardias.

Según el doctor Daniel Bogiaizian, presidente de la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad, “vemos cada vez más jóvenes con estos ataques. Hace diez años, teníamos personas entre 28 y 35 años. Hoy, la franja etaria bajó”. Su colega Alberto Cía, presidente de la Asociación de Psiquiatras Argentinos y vice de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (APAL), coincide y agrega que “una de cada diez personas tiene una crisis aislada de pánico en su vida y jamás se reitera. Sin embargo, un tres por ciento en los hombres y casi el doble en las mujeres vuelven a sufrir esos ataques. Esto se conoce como “trastorno de pánico”, una enfermedad que obliga al individuo a cambiar su rutina diaria”.

Como la mayoría de los ataques ocurre de manera espontánea, los médicos de guardia ocupan un papel fundamental ya que son los primeros que tienen contacto con estos jóvenes en plena crisis. “Antes tardábamos siete años en llegar al diagnóstico de una persona. La gente iba al hospital porque tenía dolores físicos y los clínicos atribuían lso síntomas a un ataque de nervios.

Hoy, las nuevas generaciones de profesionales han sido instruidas sobre estos cuadros sintomáticos e identifican rápidamente este tipo de crisis”, explica Cía.

El primer episodio
Se despiertan, van a trabajar y luego, a la noche, cursan en la facultad. Comen a las apuradas cualquier cosa, duermen poco y estudian mucho. Su cuerpo es el que sufre las consecuencias y el que dispara la “alarma”: el ataque de pánico. “Los jóvenes que sufren esta crisis tienden a sobreexigirse, por ejemplo, en carreras difíciles como Medicina o Ingeniería. Generalmente, son chicos que quieren controlar todo, muy perfeccionistas.

Salvo raras excepciones, hay una alta correlación entre el perfeccionismo y el trastorno de pánico. Son así en todos los ámbitos de su vida. Por ejemplo, en el trabajo se involucran de una manera excesiva, se sobrecargan de responsabilidad  y terminan lastimándose”, puntualiza Bogiaizian.

Florencia tiene veintidos años y actualmente trabaja seis horas diarias como secretaria en un estudio jurídico. En lo que le queda de tiempoi, cursa el tercer año de la carrera ciencias de la Comunicación en la UBA y un terciario de periodismo en TEA. El primer episodio de pánico la sorprendió un sábado a la noche, mientras miraba una película en su casa: “De repente, me empecé a sentir mal. Sentía una fuerte presión en el pecho, un ardor. Me empecé a desesperar y comenzó a costarme respirar. La garganta se me cerraba. Atiné a llamar a una amiga pero cuando me atendió le tuve que cortar porque no podía hablar. Traté de tranquilizarme y era imposible. El corazón me latía sin parar. Estaba sola y sentía que me iba a pasar algo terrible”. Cuando llegó a la guardia, le hicieron todos los estudios pertinentes. Los médicos la encontraron muy alterada, pero los resultados clínicos demostraban que todo estaba bien. No había ninguna falla cardíaca, no estaba obstruido ningún vaso pulmonar. FLorencia había tenido un ataque de pánico. Le dieron un tranquilizante y la mandaron a hacerse más estudios; incluso le recomendaron que fuera a un psicólogo. “El día que tuve la crisis fue cuando empecé a prepararme para un final que había reprobado.

Ya en las vacaciones con mis amigas estaba estresada porque sabía que cuando volviera tenía que ponerme a estudiar. Para mí, la carrera es muy importante; me gusta que me vaya bien, y para eso me exijo mucho.

Haberme ido a final y encima reprobarlo fue un golpe duro”, relata Florencia, quien producto del ataque de pánico tuvo que disminuir la carga horaria de la facultad. Asegura que hoy trata de no exigirse tanto y que cuando siente que empieza a tener algún dolor, busca pensar en otra cosa o sale a caminar para distraerse. “Mi mamá siempre me dijo que baje el ritmo, que deje de hacer tantas cosas porque el cuerpo me lo iba a cobrar”.  No la escuché. Constantemente, me llama desde Tandil, donde vive junto a mi papá, para preguntarme cómo estoy con los “ataquecitos”, cuenta.

La incertidumbre
Otro de los factores que señalan los especialistas como determinantes de los ataques de pánico es la incedrtidumbre del mercado laboral. Ana Miranda, coordinadora del Programa Juventud de FLACSO e investigadora del CONICET, indaga más sobre este asunto. “Antes había una forma muy estructurada de convertirse en adulto. Uno terminaba un nivel educativo y rápidamente conseguía un trabajo, después se casaba, tenía hijos, etcétera. Hoy no es así. Los jóvenes ingresan cada vez más tarde al mercado laboral. El ingreso no sólo es tardío, sino más dificultoso y largo.

En Occidente la idea de una mejor perspectiva laboral está intrínsecamente vinculada con estudios universitarios. A mayor educación, más posibilidades de tener un buen trabajo y esto los jóvenes lo tienen muy presente.” Es cierto que desde hace años – con distintas intensidades – miles de jóvenes trabajan y estudian, sin embargo para muchos hoy se vuelve primordial ya que deben aportar económicamente en sus hogares, o bien sustentar sus propios gastos. “Lo que vemos en todo Occidente es que no se generan espacios laborales estables en las primeras inserciones laborales. Lo pudimos ver en España con los indignados. Los chicos van rotando constantemente de trabajo y la incertidumbre sobre su futuro los vuelve vulnerables, sobre todo, emocionalmente”, subraya Miranda.

En 2005, Facundo no estaba pasndo un buen momento. Había renunciado a su trabajo en el Poder JUdicial porque no le rendía económicamente y abandonó la carrera de Abogacía, que cursaba en la Universidad del Museo Social Argentino (UMSA). Desde hacía tiempo buscaba un nuevo empleo, pero no encontraba nada. Se deprimió. Una tarde, en su cada comenzó a temblar y a ponerse cada vez más nervioso. Rápidamente, su novia lo llevó de urgencia a un hospital donde lo medicaron para tranquilizarlo. Con el tiempo, los episodios continuaron. Generalmente, ocurrían por la noche, cuando estaba solo. Producto de estas crisis, comenzó a ir al psicólogo y tomó clases de yoga para controlar mejor su respiración, ya qye en cada ataque se hiperventilaba. “Me exasperaba no entender lo que me pasaba. De repente, me invdadía un miedo inmenso, indescriptible. Me ponía muy nervioso, me temblaba el cuerpo. La situación me desbordaba”, recuerda.

Luego de siete años de terapia, el joven pudo salir adelante. Se cas´con Elisa y lleva adelante su propia empresa de importación de instrumentos y equipos para músicos.

“Diferentes estudios epidemiológicos realizados en distintos continentes, dieron cuenta que la edad típica de comienzo del trastorno de pánico es entre los 27 y 28 años. Es un momento de cambio, de transición en la vida de estos chicos. Algunos finalizan sus estudios universitarios, otros empiezan a trabajar, quieren irse a vivir con sus parejas, independizarse económicamente de sus padres. Esta toma de decisiones conlleva fuertes sobreexigencias que pueden disparar el ataque”, señala Cía. En este contexto, el rol de la familia cobra un papel fundamental en la contención de estos jóvenes. Miranda agrega: Hay una independización más tardía, un corrimiento de la edad en que se casan o tienen hijos. Los estudios europeos dan cuenta que, en este etiramiento, la dependencia económica y emocional de los jóvenes con sus padres es mayot. Ante este mundo desconocido, se apoyan en la familia”.

El 31 de diciembre de 2009, Alejandra tuvo su primer ataque de pánico. En el marco de un programa juvenil, partió desde Buenos Aires junto a un grupo de chicos hacia Israel. Como viajar en avión de por sí la asustaba, había decidido tomar un calmante en el trayecto San Pablo/Jerusalén. En pleno aeropuerto de Guarulhos, comenzó a sentirse mal. “Hacía un calor insoportable y me empezó a bajar la presión. Me sentaron, pero los síntomas no se iban. De repente, trajeron una silla de ruedas y ahí comencé a llorar sin parar. Un médico me hablaba en portugués y no entedía una palabra. Veía todo borroso y empecé a hiperventilar. Me costaba cada vez mpas respirar. Después de un tiempo pude tranquilizarme y tomar el vuelo”, recuerda la abogada de 27 años. Para ese viaje, Alejandra había tenido problemas para sacar la visa a Egipto y en su trabajo aún no le habían renovado el contrato. Estos dos factores – asegura – la estresaron más de la cuenta y no encontró otra vía de escape para descomprimir.

El ataque de pánico se desencadena de manera espontánea o, ante una situación de extremo stress. Según Bogiaizian, contra lo que pueda pensarse, sufrir la primera crisis en las vacaciones nos es algo tan fuera de lo común. “Durante la vida diaria, hay personas que controlan todo lo que pasa a su alrededor. Cuando se alejan de su cotidianeidad, hay una especie de pérdida de control. Irse a un lugar desconocido en un medio de transporte antinatural como el avión es una situación de muy bajo control para quien  lo vive en carne propia. Hay varios elementos en ese viaje que hacen a la incertidumbre. En ese caso, aumenta la ansiedad que puede desencadenar en una crisis”, desarrolla el psicólogo.

Los pasos a seguir
“Uno tiene miedo a que se repita el ataque. Cuando fui al clínico y me dijo que todos mis estudios habían dado perfectos sentí una frutración muy grande. Necesitaba que me dijera que tenía algo mal. El colesterol, la tiroides, cualquier cosa. NO podía creer que lo que me pasó me lo había autoprovocado”, recuerda Florencia.

A la hora de afrontar estas crisis de pánico, lo primordial es mantener la calma. Todos los especialistas recomiendan instruirse en técnicas de respiración para poder manejar el episodio y lograr que dure menos. Adempas se debe consultar a un psicólogo para poder detectar por qué están ocurriendo estos episodios. “La necesidad de un diagnóstico es especial, de un trastorno clasificable y remediable, parte de la necesidad del joven de desvincularse de su responsabilidad en lo que le pasa. Si los síntomas pertenecen al orden clínico, los dejaría más tranquilos porque sólo serían signos que conforman un trastorno y no requerirían un desciframiento, ni tendrán un valor significante para ellos”, afirma la psicoanalista PAtricia Paluch. El objetivo de la terapia es que estos jóvenes – agrega Paluch – “pongan en palabras aquellos de lo que se hace cargo el cuerpo”.

Los especialistas coinciden que lo fundamental es que el chico entienda que el problema no es de qué trabaja o qué estudia sino cómo lo hace. En este aspecto, Bogiaizian es terminante: “Hay algo que está haciendo de forma errónea. Uno puede tertminar la carrera en cuatro, cinco o seis años y va a ser la misma carrera. Quizá tenga que aprender a bajar el ritmo en el trabajo o en la facultad, ua que de la forma que viene llevando a cabo estas tareas no lo puede soportar. Por algo, la persona que estpa al lado también está trabajando y no tiene ningún ataque”, concluye.

Síntomas de un Panic Attack
Lo que caracteriza una crisis de angustia severa es la aparición aislada y temporal de una sensación de miedo intensa, que se acompaña de al meos cuatro de estos trece sintomas:

  • Palpitaciones
  • Sudoración
  • Temblores o sacudidas
  • Opresión en el tórax
  • Náuseas o molestias abdominales
  • Inestabilidad o mateos
  • Sensación de ahogo
  • Despersonalización
  • Miedo a perder el contro
  • Escalofríos o sofocaciones
  • Sensación de atragantarse
  • Miedo a morir
  • Entumecimiento de extremidades

Escrito por Lilar Bendersky. Publicado en Revista V I V A 20-11-11

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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