Comprendí que la escritura  permite un trabajo más sereno que la charla personal

Aqui me pongo a cantar,
al compás de la vigüela
que al hombre que lo desvela
una pena extraordinaria,
como la ave solitaria
con el cantar se consuela

del Martín Fierro
José Hernandez

A todos y a todas

Hace poco más de una semana, en un dia exterior frio y lluvioso, cansado de leer y mirar  televisión, casi aburrido, me senté en la computadora y comencé, sin ningún plan determinado, a escribir algunos pensamientos que me  acompañan desde hace tiempo y que fueron, en ocasiones, motivos de discusiones, a veces fuertes, con amigos, familiares y aún con gente desconocida con la que ocasionalmente me encontraba. Esto hace que en esos momentos, casi inconcientemente, levantemos la voz cuando no hace falta, nos acaloremos sin necesidad y hasta gesticulemos inapropiadamente. Al término de las mismas yo no quedaba bien y supongo que lo mismo le pasaba a mis ocasionales interlocutores. Porque en general se me ocurre que muchos seres humanos y mucho temo que yo entre ellos, cuando  entramos en una discusión que solemos catalogar de amigable, en realidad  lo hacemos con el único propósito de imponer nuestro pensamiento, nuestra “razón”.  Comprendí entonces que la escritura   permite un trabajo más sereno que la charla personal, que la discusión; se puede corregir lo que  no queda demasiado claro;  se puede destacar lo que parece  más importante y sobre todo, quizas lo mejor,  permite que en la corrección  uno pueda llegar a escucharse a si mismo. En la discusión, uno está, de alguna forma, “actuando”; en el escrito, uno se “confiesa”. Y asi nació mi primer trabajo.
Quizás sea interesante, a esta altura de mis dichos,  explicar como un hombre de mi edad, reitero que 86 años, puede estar utilizando una computadora, supuestamente un elemento de generaciones más jóvenes. Y es realmente así. Sucede que tengo 3 nietos, en realidad  un nieto y dos nietas, que orillan los 22 años, aproximadamente. Tengo tambien un cuarto nieto, este del corazón, algo mayor, que me ha dado ya un bisnieto y en los próximos dias, una bisnieta. Hace diez o doce años, escuchándolos hablar y sobre todo, manejar algunos aparatitos (teléfonos, juegos, computadora, etc.), todo ello en un lenguaje totalmente desconocido para mi, comprendí que si yo no lo aprendía, llegaría el momento en que no podría comunicarme con ellos porque hablaríamos idiomas totalmente distintos.. Y entonces, con el aval de mi esposa,  nos compramos una “compu” (para que no digan que no tengo un lenguaje moderno), comenzamos a lidiar con Windows, con Word, con los antivirus, con Internet  y sobre todo, a hacerle sufrir horrores a la pobre máquina. Esa fué la razón por la que entramos en la era de la computación.  Para ser totalmente honesto creo que fue una buena actitud pero aun con ella y aprovecho que mis nietos no me escuchan, todavía hay muchas cosas que no entiendo. Pero estoy seguro que no es culpa de ellos.

Hace unos días me llamó un amigo, cuyas opiniones siempre valoro y me preguntó porque había puesto en mi escrito un copete con la primera linea del primer verso del Martín Fierro. Entendía él que estaba fuera de lugar, que expresaba poco y que no tenía demasiado sentido. Y que inclusive, desavalorizaba  o minorizaba las opiniones vertidas, de un tema supuestamente más importante. Le dije entonces que lo escrito no intentaba ser catedrático; era simplemente la expresión de un hombre que había “vivido”, con algunos aciertos, con bastantes errores, aceptando de entrada la posibilidad de estar equivocado y, sobre todo, habiendo entendido algunas cosas, ya de “viejo”,  como , por ejemplo, que hay que aprender a pedir ayuda y sobre todo, a aceptarla. Cosa que aun me cuesta bastante. Y que mi intención habia sido utilizar el primer verso de ese reconocido poema gauchesco argentino que al hablar de la posibilidad de  cantar (o  contar) “una pena extraordinaria” que desvela, como razón para encontrar “consuelo” estaba, en una forma poética, tomando un elemento del psicoanalisis. Por supuesto que no fue mi intención sentar cátedra sobre un tema que desconozco y sabiendo además que sería muy tonto de mi parte intentarlo. Y sabía que la teoría froidiana era bastante más que lo que un lego podría exponer. La verdad es que no pensé tanto cuando lo escribí y ya dije cual fué mi intención.

Pero la conversación me dejó un poco inquieto. ¿Y si mi amigo tenía razón? ¿Y si yo, en mi vanidad, exponia razones que no correspondían? ¿Y si yo me extralimitiba en mi en mi soberbia?

A la mañana siguiente, frente a mi computadora, entré en la página de José Hernandez y así me enteré que la primera edición del Martín Fierro data del año 1872 y la de su segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, de 1879. Se me ocurrió entonces averiguar cuando nació Sigmund Freud. Fué en mayo de 1856 y tambien me enteré que su verdadero nombre era Sigismund, adoptando el que se le conoce de Sigmund a los veintidos años. Hice números y en la conclusión, ya no me importaba si estaba bien haberlo puesto o no y agradecí sinceramente el llamado de mi amigo, independientemente de si tenía razón o no. Porque descubrí, cosa que desconocía absolutamente,  que cuando se editó la primera edición del Martín Fierro, Freud tenía sólo 16 años, nada se sabía de sus teorías que revolucionaron al mundo y dudo que estuvieran siquiera en la cabeza del mismo, dada su corta edad. Lo llamé a mi amigo y le dije  que pensaba estaba bien haber usado ese verso y que además, ya “agrandado” y con humor, creía que José Hernandez había sido un adelantado, al usar un tema que mucho más adelante sería pequeñísima parte de una teoría revolucionaria. Cosa que puede ser  ya que  pienso que la misión de los creadores, como la de los verdaderos artistas, y un gran escritor lo es, consiste a veces en adelantarse a su tiempo, conciente o inconcientemente, como luz iluminadora de oscuros senderos que transitarán otros más adelante con mayor facilidad.

Y dejo ya de escribir. Tengo un partido pendiente con un vecinito de 10 años en la Play Station y ya no veo el momento de que le pueda ganar alguna vez. Ojalá sea hoy. No por mi sino para que al chico no se le suban definitivamente los humos a la cabeza…..

Escrito por Julio Gutman

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social.
Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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