¿Y ahora que llegar a los 100 es posible…?

Reflexiones de Julio Gutman, un joven de 86 años, un incansable escudriñador de los horizontes de la vida:

Aquí me pongo a cantar…

Hola, a todos y todas,

Me interesa enormemente el tema de los hombres y mujeres mayores, sus distintas problemáticas, sus necesidades, sus pensamientos, su ubicación en la vida, sus aciertos y sus errores. No soy profesional en ninguna asignatura; soy simplemente un hombre que ha cumplido 86 años y que ha llegado a esta edad en un relativo buen estado general, con las “nanas” presumiblemente lógicas que ocasionan el paso del tiempo y con una mente que todavía se desempeña más o menos bien en sus funciones. Para ayudar a esto último y no se realmente si hago bien o está mal, juego todos los días una o dos partidas de ajedrez con mi computadora, a 10 minutos cada uno de tiempo total para la partida y debo decir, sin alardes pero en honor a la verdad, que me mantengo invicto en esta tarea.

También en honor a la verdad debo decir que cuando considero que estoy perdido, situación que ocurre muchas veces, como al pasar y casualmente, con un hábil movimiento de mi pierna adquirido con la experiencia, logro desenchufar la máquina y lamentablemente para ella, debemos iniciar una nueva partida. Supongo que el día que se produzcan programas pícaros, deberé cambiar de estrategia.

Cursé en la década del ’40, el colegio secundario en el Carlos Pellegrini y nunca dejé de agradecer tal circunstancia, que me permitió tener y conocer extraordinarios profesores, que excedían en su dimensión el ámbito de la escuela por ser simultáneamente figuras muy destacadas del quehacer nacional. Su recuerdo me acompaña siempre, siempre, siempre…

Entro al tema que me mueve. La generación de mujeres y hombres que hoy tienen entre 45 y 55 años, aproximadamente, deben abocarse a una nueva situación, inédita hasta el momento y con la que luchan, en general,  sin otras armas que su razonamiento, su lógica y algunas publicaciones  que lamentablemente no tienen mucha difusión popular y son utilizadas preferentemente por profesionales.  Tal situación  es que sus padres pueden alcanzar en la actualidad términos de vida que llegan a los 80, 85, 90 años o más. Esto produce un cambio extraordinario en toda la sociedad: las compañías de seguros, por ejemplo,  deberían  revisar su tablas de valores pues la vieja espectativa de vida que se fijaba en alrrededor de 70 años, hoy está totalmente perimida. ¿Lo harán o preferirán aumentar sus dividendos? Y tengo una pregunta más, que me desvela: ¿están los seres humanos preparados, en todo sentido, para una convivencia matrimonial que tomando valores de hoy, puede llegar a más de 60 años o habrá que revisar definitivamente la institución matrimonial? Y como estas, muchas situaciones más; el turismo, la hotelería, las ventas en general, las instituciones, las relaciones personales, etc..  30 años atrás, aproximadamente, nada más que 30 años atrás, una pequeñísima brisa en el viento de la vida, la espectativa  que aparecía como razonable y lógica, orillaba los 60 años. Mi propio abuelo, que fué para mi un modelo de vida,  murió a esa edad pero lo recuerdo perfectamente como un “viejo” de profusa cabellera y barba blancas, encorvado en su lento caminar de cortos pasos, que ayudaba dificultosamente con un bastón. Mucha más gente conocí en situaciones similares. Además, esa generación más joven mencionada debe moverse y actuar dentro de los propios problemas personales de su realidad de hoy, que generalmente no son tan pocos, provocándoles una situación que altera o dificulta su propia vida, las relaciones de familia, laborales y/o anímicas. Y no menciono que el problema puede agudizarse notablemente pues los periódicos suelen tener de vez en cuando artículos que mencionan que dentro de treinta años, esa espectativa pueda ser aún mucho mayor. Siempre pienso, un poco humoristicamente,  que los científicos que trabajan en esta materia están cumpliendo  su tarea magnificamente y llegaran por fin a esos guarismos pero faltaría que otros profesionales tambien trabajen estudiando simultaneamente… ¿para qué?

Debo mencionar, al paso, un término que considero inadecuado. Se utiliza “vejez” para designar al conunto de personas que alcanzan  esas edades. Recibo muchos mails, con unas hermosas ilustraciones y con músicas subyugantes, que se refieren al tema. Según ellos, es una etapa extraordinaria de la vida, con momentos plácidos, de sentimientos hermosos, luminosos, de serena tranquilidad y reconocimiento, etc., etc. Siempre se me ocurrió  que ante su lectura, muchos jóvenes desearían llegar rapidamente a ella porque quizás la etapa de la juventud que están transitando, no les augura tamaña felicidad. Lamento tener que desilusionarlos. Creo en primer término, que la “vejez” no existe. Si así fuera, implicaría un grupo humano muy numeroso, de característricas iguales o similares, con iguales espectativas e idénticas circunstancias. Y no es así. Creo que solo existimos “viejos”, una hermosa palabra no dicha acá con criterio peyorativo u ofensivo y que somos individuos que tenemos muy distintas características, males, bondades, situaciones, esperanzas, relaciones, situación económica, etc. Creo que esta palabra, viejo, solo molesta a los humanos. Porque si bien no conocemos la opinión de los objetos involucrados, que no la tienen,  ponemos mucho cariño  en el recuerdo del viejo jarrón que recibimos de la abuela o en la amarronada vieja fotografía familiar o en tantas “vejeces” que son parte de nuestra vida. O en la sabiduría que encontramos en el Viejo Vizcacha y en la sincera amistad que expresa el ¿que hacés, viejo?. Creo que somos, en realidad, simplemente “viejos”, en el mejor sentido de la palabra, cada uno con la cargada mochila de su vida y tambien  con su presente, variable, pasajero o no, con sus afectos, sus recuerdos, algunos buenos y otros no tanto, con sus ocasionales alegrías y/o pesares.  Además, uno es, de viejo, lo que fué de joven, con el lógico paso del tiempo pero manteniendo sus características generales. Y como todos fuimos distintos, por suerte, somos tambien distintos cuando viejos. Y por lo tanto, no “entramos” en la vejez. Esto nos obliga a tratar de entender, de comprender, que mucho depende de nosotros el como llegamos a viejo. Y, lo admito, tambien de la suerte. Aunque cuando le preguntaron al notable golfista Roberto DeVicenzo, de 87 años de edad, si no creía que el golf era un juego de suerte al tratarse de embocar una pelotita en un hoyo situado a más de 300 metros, contestó: Seguro, aunque yo tengo mucha más suerte cuando más me entreno.  Por eso creo que es bueno comprender que ningun tiempo es eterno, que tenemos un “envase” otorgado para ocuparlo y vivir y que debemos cuidar que no se rompa porque debe durar en el mejor estado posible hasta el final y que, lamentablemente, poco o casi  nada, dura en buen estado toda la vida, como si fuera nuevo. Pero que, aun asi, es bueno cuidarlo para la utilización final. Y saber que conviene vivir intensamente el “hoy” pero siempre tratando de no malgastarlo inutilmente y usarlo bien para poder ser suficientemente feliz más adelante. Una inversión, como cualquier otra…

Los seres queridos, por supuesto, hacen lo humanamente posible para que nosotros, los viejos, vivamos este momento de nuestra vida de la mejor forma. Pero actuan con el pensamiento y la acción que le dan sus años, su experiencia, sus deseos, su cariño, etc. ¿Qué otra cosa podrían hacer?¿Cómo pueden saber cuáles son nuestras necesidades reales, en todo sentido, si no han pasado aún por esta experiencia?. Y no existe, las más de las veces, un diálogo franco, que puede ser duro o dificil, pero que veo como el único camino para poder llegar a una verdadera solución compartida. Inclusive, todavía hay temas “tabues” que nadie, o muy pocos, tienen la valentía de exponer. Y asi, con la mejor de las intenciones, pueden equivocarse. Tienen la teoría, general, amplia, para todos, pero puede no ser la que quiere y quizás “puede” tener ese individuo tan particular, único y por lo tanto diferente,  ese “viejo”, objeto de sus desvelos de cariño. A lo mejor esto aparezca como una defensa apasionada de la actitud de los viejos; no es mi intención, simplemente pido que los escuchen y que traten de entenderlos, aún en las diferencias. Tambien pido que lo viejos sepamos escuchar, tarea no facil y para la que los audífonos actuales no ayudan demasiado. Quizás el arrollador avance tecnológico permita pronto a algún investigador  lograr esa conquista; sería, seguramente, el Nobel mejor otorgado de la historia y el máximo regalo para un mundo muchas veces sordo. Porque finalmente, nadie es poseedor exclusivo del error o la verdad; generalmente tiene razón quien la tiene al dia siguiente.
No quiero ahondar más en este tema; no pretendo dar soluciones y no es esa mi intención pues no me siento con capacidad para ello. Simplemente lo lanzo al aire, sin destino prefijado, con la esperanza de que llegue a algún lugar.  Aunque dificil y compleja, sólo los profesionales de la materia pueden intentar la tarea.   Estoy simplemente pidiendo ayuda para todos. Entiéndase bien; para todos.

Pido anticipado perdón por todos estos conceptos, surgidos solamente de mi deseo de colaborar en un arduo problema. Ojalá sirvan para que alguien, o algunos, más capacitados que yo, transiten esta senda para beneficio de los viejos. Y como trato de no ser cabeza dura, debo decir tambien para beneficio de la vejez, si Vds. creen o lo prefieren… Se, por otra parte, que muchos ya lo están haciendo. Anticipadas gracias.
Escrito por Julio Gutman

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Lic. Guillermo Vilaseca

Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

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