Rosedal,

paisaje de peluquería

cursi como una pérgola

o como un paquete de masas con cinta azul y blanca.

Tal vez por eso mi aventura infantil te despreció

inclemente.

Y con malandrines prefería las arcadas del puente

donde pernoctan vagos filosóficamente.

Yo, cabalgando en un Ford modelo antiguo

hacía ruborizar a tus rosedales,

pero tus mujeres te vengaban por encima del hombro.

Rosedal,

con tus banquitos eunucos pintados de merengue,

donde posan seguras las nalgas

tres vírgenes largas

porque siempre son tres las flacas incontaminadas.

Yo de puro atorrante

te pondría faroles

y casitas de lata

y zaguanes oscuros con humedad de besos

y perfumes de albahaca.

Y en tus paredes planchadas al rodillo

pondría un organito, un rengo,

una esquina,

un boliche y una muchacha.

Rosedal,

Parnaso decadente

donde duermen las musas

cien veces benditas de los Intendentes.

Cada vez que contemplo tu lago

sarcófago de fetos y de un descuartizado

siento unas ganas locas de adornarlo con tachos

latones

botas viejas

con una cama jaula

con una escupidera

igual que en los fanales de Pompeya.

Homero Manzi

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