¿Se acuerdan del ciclo Vulnerables?

Dibujo: Pablo  FlaiszmanA partir de que Vulnerables ”plantea el desafío de abrir el ámbito privado de un grupo terapéutico” a la mirada del público televidente nos brinda la posibilidad de generar una reflexión pública respecto de una de las prácticas terapéuticas de mayor importancia en Salud Mental en esta época. Desde allí es que me parece oportuno desplegar algunos comentarios.

El grupo aparece como un espacio/tiempo que anuda el conjunto de las historias de sus integrantes, tanto terapeuta como pacientes. Desde cierta perspectiva muestra en qué medida el papel jugado en cada situación grupal es sólo una versión que nunca podría agotar el sentido de un existir. Como la parte visible de un iceberg, es mínima respecto de la totalidad. Esto mismo da cuenta de lo contradictorio de plantearse que un grupo terapéutico es un lugar donde decirlo todo y/o donde decir toda la verdad. Lo fructífero es trabajar a partir de las versiones que cada uno va construyendo de sus momentos vitales presentes, pasados y futuros. Detenerse y pensar cómo cada uno se posiciona en relación con los otros a partir de la particular manera de vincularse contando “algo” de su vida. Así, a partir de revisar las posiciones relativas en que cada uno tiende a quedar ubicado, es indispensable generar acontecimientos, a partir de las intervenciones del coordinador y/o los integrantes, viabilizadores de caminos que permitan a cada uno cambiar las conductas repetidas que le producen dolor, padecimiento, degradación y empobrecimiento en las relaciones con los otros. El devenir de la tensión grupal se transforma en fructífero para sus integrantes sólo si se accede a una experiencia donde poder experimentar como Los Mosqueteros: “todos para uno y uno para todos”. Para ello el coordinador debe garantizar un encuadre que contemple las condiciones de “seguridad psicológica” de manera que en el diálogo pueda surgir la resonancia; o sea que cada situación planteada por uno pueda ser una oportunidad para explorar la vida de cada uno y no para dar cátedra, aconsejar, pontificar, denigrar y/o burlarse.

Jacob Levi Moreno, creador del psicodrama, hablaba de “compartir” como la instancia donde yo diálogo con vos y te cuento lo que genera en mí lo que vos me contás. A partir de allí es que se podrá acceder al “encuentro” con los otros como momento de contacto con lo extraño en mí, que nos arranque de la soledad, nos permita la producción colectiva y desde allí experimentar la solidaridad, el amor y la creación. Siendo el grupo terapéutico una situación artificial -un laboratorio de relaciones humanas para investigar el posicionamiento subjetivo de cada integrante en pos de encontrar líneas de fuga a los ciclos de repetición dolorosos del padecimiento personal -, lo importante no es la verdad de un relato sino el sentido que cobra en el grupo y la posición en que lo coloca al sujeto en el aquí y ahora de la sesión. El grupo no es terapéutico por decirlo todo en ese ámbito sino por catalizar cambios en las conductas estereotipadas desactivando los enigmas que constituyen los síntomas, los que frecuentemente dicen de ciertas verdades” a partir de la repetición.

Así, incorporarse a un grupo terapéutico implica entrar en contacto con otros en función de un objetivo: el cambio de conductas. Para lograrlo nos valemos de analizar cómo se establecen las relaciones en el grupo en si mismo. Cuando la relación entre los integrantes del grupo fuera de ese espacio cobra más intensidad y protagonismo en sus vidas que la vinculación dentro del mismo en función de dicho objetivo terapéutico, ello va en detrimento del propósito contratado originalmente. Esto no implica que los miembros de un grupo no deban tener contacto por fuera del mismo, pero sí es fundamental que el terapeuta ponga en juego la regla de restitución. Implica la posibilidad de incluir las versiones de lo acontecido fuera del grupo entre los integrantes” en el ámbito intragrupal. Por esto es fundamental subrayar: juntar gente en un espacio / tiempo para que hablen de sus conflictos no es en sí mismo garantía de estar gestando un dispositivo efectivo y eficaz para que se genere una producción colectiva que conlleve una reflexión operativa de cada uno de los integrantes a partir de la cual se gesten cambios en sus conductas sintomáticas. Sólo si el terapeuta/analista sostiene ciertas reglas de funcionamiento -dispositivo- el devenir grupal podrá considerarse terapéutico. En una época como la actual, donde predominan las patologías narcicísticas, recuperar las prácticas grupales fructíferas se constituye en una vía privilegiada para reapropiarnos del sentido de la solidaridad y en ese tránsito sanear el tejido social infectado por el virus del “sálvese quien pueda”.

Este artículo fue publicado íntegramente en el Boletín Informativo de la Sociedad Argentina de Psicodrama en el mes de Agosto de 1999. Y en la Revista Campo Grupal N° 8. www.campogrupal.com .

Lic. Guillermo Augusto Vilaseca

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Lic. Guillermo Vilaseca

Guillermo Vilaseca es Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Terapeuta EMDR, Psicodramatista y Psicólogo Social. Escribió el Libro: Por qué los hombres no entendemos a las mujeres, publicado en 2013 por Ediciones B en Argentina y en 2014 también en México.

Un comentario sobre “¿Se acuerdan del ciclo Vulnerables?

  • el 29 junio 2010 a las 12:06 PM
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    Hola Guillermo. Me gusta pensar que el grupo terapéutico es una de las prácticas terapéuticas de mayor importancia en Salud Mental en esta época, en cuanto anuda el conjunto de las historias de sus integrantes, tanto terapeuta como pacientes. Es interesante contemplar cómo cada componente del grupo se posiciona en el lugar del otro contribuyendo a la ayuda mútua mediante la participación activa en las representaciones psicodramáticas de los diversos problemas de la vida, de cada uno de los integrantes. Es cierto que cada situación planteada puede ser una oportunidad para explorar la vida de uno, posicionándose en la situación del otro y ofreciendo soluciones alternativas a dicha situación. La representación dramática de una situación en un grupo terapéutico tiene doble finalidad: identificarse como tal, y ponerse en el lugar del otro, lo que lleva a una gran solidaridad entre los integrantes dando, como ya he dicho, diferentes vías de escape a la problemática planteada. Todos y cada uno de los miembros del grupo aportan su granito de arena provocando así cambios de conducta en todos los miembros. Así, incorporarse a un grupo terapéutico implica entrar en contacto con otros en función de un único objetivo: el cambio de conductas. Ahora bien, estoy totalmente de acuerdo en considerar que sólo si el terapeuta sostiene ciertas reglas de funcionamiento, el devenir grupal podrá considerarse terapéutico. Pero. ¿ cuáles son estas reglas de funcionamiento que debe sostener el terapeuta? Agradecería que me contestara a esta pregunta, Guillermo.

    Un fuerte abrazo,

    Ana Mª Taboada.

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